El fin de la caverna
Por Maria Fdez. Estrada
«Claro que he comido huevos –dijo la niña, que nunca faltaba a la verdad–, pero es que las niñas comen tantos huevos como las serpientes, ¿no lo sabía usted?
- No creo una palabra de lo que dices –dijo la Paloma–, pero aunque así fuera, eso las convertiría en una especie de serpientes. ¡Está bien claro!
Alicia se quedó pasmada ante esta nueva y sorprendente idea y la Paloma aprovechó para volver a la carga:
- Lo que está claro es que tú estás buscando huevos; y en ese caso, ¿qué me importa que seas niña o serpiente?
- A usted quizás no, pero a mí sí –se apresuró a decir Alicia–. Pero da la casualidad de que no estaba buscando huevos, y menos los suyos. No me gustan los huevos crudos.»
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas.
«Sólo en el trabajo mismo con la cosa puede ocurrir –y ocurre si el trabajo es especialmente serio– que el previo «tener por» se ponga de manifiesto e incluso que llegue a poder ser discutido. La seriedad del trabajo con algo se mide por la capacidad de someter a continuada autocrítica el previo «tener por».
Felipe Martínez Marzoa Ser y diálogo.
1. El paso del mito al logos
Había que nombrar todas las estructuras que dividían los espacios según un arbitrario sino genital.
Los entrantes y salientes que caracterizan los tornillos y las tuercas como machos y hembras según su remate final, dividían de igual manera el orden social, con la diferencia considerable de que, obviamente, no es lo mismo ser un material de ferretería que ser un ser humano. En realidad es muy práctico ordenar un cajón separando los tornillos de las tuercas, según su apariencia, y en principio, la realidad social resultaría igualmente ordenada si se reconocen las diferencias aparentes, seguramente muchas almas se tranquilizarían en un reino de orden frente a un reino de caos. Esto no es baladí, la historia ensangrienta nuestro pensamiento, todos los imperios imponiendo orden en realidades dispares que resultaban caóticas ante los ojos juiciosos.
A muchos hombres les resultaba un auténtico follón los colores de los indios, la vida ociosa que proporcionaban las plataneras a los indígenas, los ritos de las pieles oscuras, las tierras comunales, las fábricas autogestionadas, los tiempos del café, de la media mañana, de la siesta, las largas explicaciones en las asambleas, las colas para el pan en los países comunistas, incluso si me apuran, podríamos decir que incluso la existencia de los conceptos, la pregunta por el ser, y la diseminación de la realidad en condiciones estructurales, Gorgias, Menón, Antifonte... siempre se levantaban enfadados, su «orden argumentativo» sufría un desorden ante las preguntas socráticas.
En realidad, la historia podría dividirse en esa clase de hombres «ordenados» –a costa de tantos desórdenes distributivos provocados por la impoluta y homogénea apariencia que consigue representar la mercancía– y los hombres que se resistieron a ordenar la tierra, a ordenar su cuerpo, a ordenar las cosas, e insistieron en seguir preguntando.
Pero la historia de la humanidad, pese a su condición bípeda y racional consiste en incurrir una y otra vez en sorprendentes paradojas: las distintas clases de hombres pueden beberse una cerveza, echarse unos cigarros comentando el follón –en sus distintos grados, según el primer orden, o caos, al que estuviesen adscritos–, que supone no distinguir ordenadamente los entrantes y los salientes, lo cóncavo y lo convexo, lo masculino y lo femenino. Las condiciones de posibilidad para que haya ciencia, la pregunta por los principios despejando la mitología homérica de la vía explicativa, enunciaba a la vez y en el mismo sentido «hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer»[1]. Desde Aristóteles a Rousseau, desde Kant a Baudrillard, desde mis abuelos a mis alumnos.
«En la unión de los sexos, cada uno concurre de igual forma al objetivo común, pero no de igual manera. De esa diversidad nace la primera diferencia asignable entre las relaciones morales de uno y otro. Uno debe ser activo y fuerte, el otro pasivo y débil: es totalmente necesario que uno quiera y pueda; basta que el otro resista poco. Establecido este principio, de él se sigue que la mujer está hecha especialmente para agradar al hombre; si el hombre debe agradarle a su vez, es una necesidad menos directa, su mérito está en su potencia, agrada por el solo hecho de ser fuerte.(...) De la buena constitución de las madres depende ante todo la de los hijos; del cuidado de las mujeres dependen también sus costumbres, sus pasiones, sus gustos, sus placeres, su felicidad misma. Por eso, toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia. Mientras no nos atengamos a este principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se les den de nada servirán ni para su felicidad ni para la nuestra.»[2]
Rousseau evidentemente resulta un gran patriarca teórico, no escatima en apariencias ilustradas, sino que habla de dominación y sumisión. Y ante unas artes descubiertas, el pensamiento valientemente ilustrado aplica el disolvente crítico que aclare los saltos retóricos que arguye el patriarcado moderno:
«Entonces buscó la soledad, no para dormir con el hombre de la naturaleza o investigar con calma las causas de las cosas bajo la sombra donde sir Isaac Newton se entregaba a la contemplación, sino simplemente para entregarse a sus sentimientos. Y ha pintado tan ardientemente lo que sentía con tanta fuerza, que al interesar los corazones e inflamar la imaginación de sus lectores según la fuerza de la suya, éstos se imaginaban que convence a sus entendimientos cuando sólo sienten afinidad con un escritor poético que exhibe con habilidad objetos sensuales ensombrecidos del modo más voluptuoso o velados con gracia; y así, al hacernos sentir cuando pensamos que razonamos, la mente saca conclusiones erróneas. ¿Por qué la vida de Rousseau se dividió entre el éxtasis y la miseria? La única respuesta que se puede dar es que la efervescencia de su imaginación produjo ambas: pero si ésta hubiera podido enfriarse, quizás habría adquirido mayor fortaleza mental. Además, si el propósito de la vida es educar la parte intelectual del hombre, no hay nada que objetarle a este respecto; más aún, si la muerte no condujera a un escenario de actuación más noble, es probable que hubiera disfrutado de una felicidad más equilibrada en la vida y hubiera sentido las serenas sensaciones del hombre natural, en lugar de prepararse para otro estado de existencia nutriendo las pasiones que agitan al hombre civilizado.
Pero demos paz a sus manes. No lucho contra sus cenizas, sino contra sus opiniones. Lucho sólo contra la sensibilidad que le llevó a degradar a la mujer al hacerla esclava del amor.»[3]
Se instaura así el principio lógico de la inferencia causal, la teoría crítica feminista podríamos decir que alberga, por excelencia, la no inversión causal como criterio de conocimiento. Que no se tomen los efectos por las causas alienta los corazones modernos de las teóricas, y de algún teórico que no incurre en infracciones[4] lógicas. Así escribe D´Alembert a Rousseau:
«No examinaré, Señor, si tenéis razón al exclamar «¿dónde encontraremos una mujer atractiva y virtuosa?», como el sabio se preguntaba en otras épocas «¿dónde encontraremos una mujer fuerte?». El género humano sería muy desdichado si el objeto más digno de nuestro respeto fuera en efecto tan escaso como afirmáis. Pero si, por desgracia, tuvierais razón. ¿Cuál sería la causa de ello? La esclavitud y la degradación a que hemos reducido a las mujeres, las trabas que ponemos a su intelecto y a su corazón, la jerga fútil y humillante para ellas y para nosotros a la que hemos reducido nuestra relación con ellas como si no tuvieran una razón que cultivar o no fueran dignas de ello. Finalmente, la educación funesta, yo diría casi homicida, que les prescribimos, sin permitirles tener otra; educación en la que aprenden casi únicamente a fingir sin cesar, a ahogar todos los sentimientos, a ocultar sus opiniones y disfrazar todos sus pensamientos. Nos comportamos con su naturaleza como lo hacemos con la de nuestros jardines: tratamos de adornarla sofocándola.»[5]
Exponer minuciosamente el trabajo de deconstrucción que realizó la teoría crítica feminista desde el siglo XVIII, y sus luchas sociales, ocuparía otro artículo. Y el objetivo de éste es deconstruir las formas del patriarcado contemporáneo, para ello tengo que referirme, al menos, a los órdenes históricos formalmente alterados.
2. El problema que no tiene nombre
La ideología del amor y el discurso de la complementariedad excluían explícitamente a la mujer del concepto de ciudadanía, recluyéndola en una educación sentimental y fuera de la academia –permitiendo con su exclusión los pares dicotómicos que oponían la razón a la naturaleza, la episteme a la doxa, lo inteligible a lo sensible, lo público a lo privado–. La dominación masculina tiene que cambiar sus formas ante la lucha y vindicación feminista. El auge del sistema de producción capitalista requiere de nuestra mano de obra en el espacio público –ahora representado únicamente en el horizonte del mercado– pero es el movimiento feminista el que requiere los derechos de esas trabajadoras, igual trabajo igual salario...[6]
La primera mitad del siglo XX representa para mujeres ; las aulas de la ciencia, los derechos humanos, el sufragio universal...
Pero las resistencias patriarcales, en la primera mitad del siglo veinte, acallaban una y otra vez las conquistas espacio-temporales y la liberación simbólica de las mujeres. Se acabó la guerra y tuvimos que volver a nuestros puestos, se nos armó con lavadoras, y tuvimos que aspirar hasta la última mota de polvo, Betty Boop de asaltar trenes en marcha pasó a acunar niños en su regazo, con el agravante de una silueta requerida por lo que comenzaba a ser el patriarcado gráfico de esas postales que ilustraban los talleres, erotizaban las cabinas de los pilotos, y mantenían a nuestros hombres en pie con la ilusión de que unos buenos pechos turgentes siempre estarían al final de la batalla, la construcción de las chicas pin up plastificaba la realidad visual con una sonrisa eterna y un trasero pomposo sobre el columpio de la disponibilidad incondicional. La coyuntura exigía un útero materno y una poitrine cargada de sexo.
«El problema permaneció latente durante muchos años en la mente de las mujeres norteamericanas. Era una inquietud extraña, una sensación de disgusto, una ansiedad que ya se sentía en los Estados Unidos a mediados del siglo actual. Todas las esposas luchaban contra ella. Cuando hacían las camas, iban a la compra, comían emparedados con sus hijos o los llevaban en coche al cine los días de asueto, incluso cuando descansaban por la noche al lado de sus maridos, se hacían, con temor, esta pregunta : ¿Esto es todo?
Durante más de quince años no se dijo una palabra sobre esta ansiedad entre los millones de palabras que se escribieron acerca de la mujer en artículos de periódicos, libros y revistas especializados, cuyo objeto era sólo buscar la perfección de la mujer como esposa y madre. Repetidamente la mujer oyó la voz de la tradición y el sofisma de Freud de que una mujer no puede desear un mejor destino que la sublimación de su propia feminidad. Los especialistas en temas femeninos le explicaron la forma de atrapar a un hombre y conservarlo; cómo amamantar y vestir a un niño, cómo luchar contra las rebeldías de los adolescentes; cómo comprar una máquina lavaplatos, amasar el pan, guisar unos caracoles y construir una piscina con sus propias manos; cómo vestirse, mirar ser más femenina y dar más atractivo a la vida conyugal; cómo prolongar lo más posible la vida de su marido y evitar que sus hijos llegasen a ser unos delincuentes. A la mujer se le enseñó como compadecer a aquellas mujeres neuróticas, desgraciadas y carentes de feminidad que pretendían ser poetas, médicos o políticos. Aprendió que las mujeres verdaderamente femeninas no aspiran a seguir una carrera, a recibir una educación superior, a obtener los derechos políticos, la independencia y las oportunidades por las que habían luchado las antiguas sufragistas. (...) «Sí sólo tengo una vida, déjenme vivirla de rubia». (...) Las mujeres comían una especie de yeso llamado metrecal como todo alimento, para amoldar su talla a la de las jóvenes y delgadas modelos. Los fabricantes de ropa femenina informaron que la talla de la mujer norteamericana había disminuido en tres y cuatro puntos. (...)»[7]
Hubo que poner nombre a ese problema, que dopaba con ansiolíticos a las amas de casa. Y el hogar, sinónimo de la sociedad de bienestar, calentaba el fuego del infierno para las mujeres que tenían que sostenerlo día a día. La clase obrera, el otro pilar de la sociedad moderna, también registraba su dosis patriarcal, las marxistas no se cansaron de recordar que no podíamos esperar a solventar todas las contrarevoluciones para poder, por fin, ocuparnos, de lo que Lenin denominaba, la cuestión femenina.
La segunda ola del feminismo tiene que barrer la reacción y arremete en los años cincuenta visualizando las estructuras elementales del patriarcado coetáneo.
«Todo individuo que tiene el cuidado de justificar su existencia, la siente como una necesidad indefinida de trascenderse. Ahora bien, lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo una libertad autónoma, como todo ser humano, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como el Otro; pretenden fijarla como objeto y consagrarla a la inmanencia, puesto que su trascendencia será perpetuamente trascendida por una conciencia esencial y soberana. El drama de la mujer es ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto, que se plantea siempre como lo esencial, y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial ¿Cómo puede cumplirse un ser humano en la condición femenina? ¿Qué caminos le están abiertos? ¿Cuáles conducen a callejones sin salida? ¿Cómo encontrar la independencia en el seno de la dependencia? ¿Qué circunstancias limitan la libertad de la mujer? ¿Pueden ellas superarlas? Éstas son cuestiones fundamentales que quisiéramos aclarar. Es decir que puesto que nos interesamos en las oportunidades del individuo, no definiremos esas oportunidades en términos de felicidad, sino en términos de libertad.»[8]
«La mujer no nace se hace» describe en términos existencialistas la construcción de género que persigue a nuestro sexo, Simone de Beauvoir representa en los años sesenta la batalla contra el rol que nos ubica en un plano de inmanencia –en lo más hondo de la caverna–, habilitando la nueva construcción que nos defina en el orden del para sí frente al en sí –ese en sí que debía cumplir sus tareas esencialistas en el ser para el otro–. Se instauran los derechos de emancipación, la independencia económica, la capacitación profesional; el sistema capitalista nos admite como fuerza de trabajo, y nosotras podemos abandonar la casa para inscribirnos en los bancos, en las escuelas, y en la fábrica. No se trata de un culto al sistema de producción, pero la relativa independencia económica nos permitirá deshacernos de las condiciones sexuales de manutención.
El espacio público, en su dimensión académica y laboral «no está vetado» a las mujeres. No está vetado formalmente, pero sigue estando vetado simbólicamente. Las mujeres siguen percibiendo menor salario, realizando trabajos tradicionalmente femeninos. La maternidad, lejos de representar derechos laborales, dado que sigue siendo condición indispensable para repoblar el planeta y en principio, ni al propio sistema capitalista, ni a los patriarcas –pues dejarían de existir– les interesa la esterilidad femenina, sigue ordenando los mercados laborales como si lo femenino ralentizase la producción. Las concesiones paritarias de iure se dictan, de facto siguen siendo excepciones. Insisto que, sin estar resuelta la distribución del espacio público independientemente de los genitales de los sujetos, podemos contar casos como el de un hospital británico que ha tenido que indemnizar a sus trabajadoras, quienes, realizando las mismas tareas que otros compañeros, reembolsaban la mitad de salario. Tras diez años de pleitos las enfermeras han percibido lo que les había sido descontado por razón de sexo. Existen por tanto coincidencias del derecho y de la realidad que solventan tales discriminaciones, no está todo recuperado, pero al menos en relación con el pasado, existe la posibilidad de denunciar la discriminación por razón de sexo. El patriarcado sigue vigente pero se reconoce formalmente su denuncia.
3. Nombrar lo innombrable
¿Qué sucede con el espacio privado? Podríamos decir en este apresurado resumen que la ideología del amor es envestida por su teórica deconstrucción. Tras tres siglos de combate, el corazón del patriarcado se ve erosionado en dos de sus arterias –la ronda de lo público y lo privado–: la fracción de los espacios es puesta en cuestión en las tierras occidentales, la emancipación intelectual y laboral consiente una dosis de libertad emocional, aunque la carga simbólica siga siendo especialmente pesada: la construcción de la subjetividad femenina en el orden relacional, articula su registro en pos de afectividad para el otro, exigiendo unos grados de empatía, que en los casos extremos de incondicionalidad ponen en peligro nuestra vida. Esto no es de extrañar si lo femenino recorre la idealización de su pasado; la narrativa infantil ilustra las noches con besos intensos que recibimos en un estado anímico muy parecido al de la muerte. Blancanieves, Cenicienta…, son despertadas de su letargo por el primer beso de amor, éste tiene lugar por parte de un príncipe cuando la afortunada duerme en sueño profundo, estado caracterizado por la somnolencia de todos los sentidos –los sensibles y los ¡inteligibles!–. La peculiaridad del sujeto en las oraciones pasivas es ser un sujeto que padece la acción, nos explicaban en primaria, y un sujeto pasivo a fuerza de no ser activo se convierte en lo que define la falta de acción y subjetividad, a saber, la pasividad de los objetos. Un sujeto, que como tal ha de entenderse como un objeto, padece cierta disfuncionalidad, lo mismo que el sujeto que en lugar de tratar con sujetos, incurre en vérselas con objetos, generando de igual modo disfunciones en el otro y en él mismo
¿Qué nos facilita el feminismo? ¡La distinción entre vigilia y sueño!, ni más ni menos. El tener que vérselas con la vida en tanto que objetos dificulta la dimensión de la vida en tanto que persona, a saber, en tanto que ser racional. Si de la disposición racional se deduce la toma de decisiones, el feminismo recupera el tratado kantiano de la razón para toda la especie humana indistintamente de su sexo.[9]
Recorrer toda la calle, con los ojos morados, subir una cuesta y alcanzar la comisaría ya no es absolutamente en balde, desde el momento en que la relación matrimonial con el agresor no resulta un eximente para él. La punta del iceberg de la pirámide estructural de la violencia contra las mujeres constituye un delito, las leyes deben dejar de amparar a la violencia bajo los rótulos de lo personal y de las relaciones familiares.[10]
Pero efectivamente es toda una pirámide y la exteriorización física de la violencia es la cima. La gravedad del asunto habita en la violencia invisible, en la estructura simbólica que sigue ordenando prescripciones de género con tanta rigidez que su incumplimiento asegura reprobación social y personal, la misma violencia que nos exige incondicionalidad en el amor, la misma violencia que nos exige con exclusividad unos mandatos maternales y de cuidado, la misma violencia que nos exige una talla treinta y cuatro, la misma violencia que traduce las dimensiones de un cuerpo en responsabilidad directa de su dueña, la misma violencia que agolpa los cinco dedos de los pies en el espacio de tres, la misma violencia que implica el tener que reírse de un chiste machista que ha dejado de hacernos gracia desde los catorce años, la misma violencia que convierte un no en un sí seductor.
Dolencias corporales y anímicas que nos retrotraen al los orígenes de la lucha, pero podemos nombrar la punta de la pirámide. Podemos denunciar una agresión, de iure la ley registra y nombra dicha violencia. El patriarcado sigue igualmente vigente, pero se reconoce formalmente su denuncia. Sigue igualmente vigente, por que todo problema estructural para su solución requiere de la visibilización de la estructura. Son necesarios, pero no suficientes los recursos que los Estados ofrecen a las víctimas. Un estado de dominación masculina no se resuelve con algunas sentencias, sigue siendo necesario un proceso de socialización que deshabilite las relaciones desiguales en las que se ven inmersos los sexos, y, a saber, las reacciones patriarcales ante la independencia social del colectivo de mujeres.
Pese a las puntualizaciones señaladas respecto a los grados de liberación que acusan las mujeres en el momento actual, las tradicionales formas encargadas de la producción patriarcal, «dejan algo que desear» en el Occidente desarrollado.
La exclusión institucional de las mujeres en los espacios públicos –en las articulaciones de la polis–, y los contratos sexuales del matrimonio –en las relaciones personales– no producen excedentes patriarcales con la misma facilidad que antes, siguen siendo estructuras patriarcales pero no funcionan igual de bien. La búsqueda de la perpetuación patriarcal supone la construcción de una máquina potente que produzca las veinticuatro horas. Esa máquina será, más que nunca, nuestro cuerpo, nuestro cuerpo colonizado una y otra vez, en todas sus concavidades por el rótulo de SEXO. La mercancía producida por lo tanto será cuerpo femenino sexualizado que en las condiciones estructurales del patriarcado es la mercancía que produce plushonor, a saber, excedente patriarcal. La fábrica más potente al respecto, será, más que nunca, la prostitución –puesto que reproduce las propias condiciones estructurales del patriarcado–.
La búsqueda de la fábrica patriarcal instaura, en el feminismo, la búsqueda de las condiciones que posibiliten tal fenómeno.
4. La sexualización del cuerpo femenino
Así expone su tesis Kathleen Barry, feminista radical[11] norteamericana:
«Hoy día, en Estados Unidos, el patriarcado de la familia no puede seguir sosteniendo con eficacia el control sobre las mujeres. La dominación privatizada, cuando el patriarcado crece en torno al matrimonio y la familia, ha perdido su fuerza porque un gran número de mujeres ha accedido a la esfera pública y ha podido ejercer su independencia económica. Las leyes matrimoniales han cambiado hasta el punto de que en la mayoría de los estados las mujeres casadas, en un sentido técnico, ya no son propiedad legal de sus maridos. Pero esto no disminuye la incidencia de los abusos sobre las esposas. Sin embargo, ha aumentado la condición de pobreza de las mujeres conforme éstas han ido perdiendo más en las sentencias de divorcio. Y aun así, la familia no es la fuente del control total sobre las mujeres. El poder patriarcal no pierde su fuerza bajo cambios de condiciones estructurales y económicas. Más bien, recompone la opresión y dirige la explotación con más precisión. La privatización de las mujeres no puede asegurarse por más tiempo mediante la dominación patriarcal que ejerce el matrimonio. La familia se ha visto demasiado expuesta al ámbito público como para ser el lugar del control total sobre las mujeres que caracteriza a las relaciones patriarcales de poder. El cuerpo se ha convertido en el terreno de la dominación, pero no lo ha hecho reemplazando al matrimonio o la familia como lugares de opresión patriarcal sino operando como un terreno que cubre todas las otras condiciones. El cuerpo del que hablo es el de la mujer sexualizada. Pues, incluso cuando obtengamos derechos para el aborto libre, y ahora, con el control reproductivo que han obtenido las mujeres y con la libertad sexual de los hombres que han hecho posible las lesbianas, la mujer sexualizada, el modelo pornográfico, la reducción de todas las mujeres a la «puta»[12], es el último estado de la dominación patriarcal.
Dicho en dos palabras: sostengo que en patriarcados donde el matrimonio y la familia son aún condiciones seguras para que los hombres controlen a las mujeres, la sexualización de las mujeres, tal y como la he descrito para el caso de Estados Unidos, está aún por producirse. La construcción político – social de la deshumanización sexual no es necesaria en muchos países porque la familia es aún el centro firme del control de las mujeres. La hegemonía de Estados Unidos en el mundo actual asegura que lo que el patriarcado estadounidense nos hace a nosotras, las mujeres estadounidenses y, por extensión, a las europeas y las del Oeste, se construya como un modelo de desarrollo.»
¿Qué quiero decir con esto?, ¿que la prostitución es un fenómeno nuevo, que no ha existido más que ahora, en este auge capitalista?, ¿que antes, en mis ensoñaciones feministas, no había mujeres prostituídas, en Grecia –las hetairas–, en el Imperio Romano, en el Otomano, en las cruzadas cristianas, en las colonizaciones sexuales que inauguran la Modernidad en el Nuevo Mundo, en los harenes islamistas, en las geishas asiáticas, que Madame Butterfly no era una más entre un millón? ¿Que no somos el paso de la naturaleza a la cultura –como cuenta acríticamente Lévi Strauss– sin sacar conclusiones de ningún tipo? ¿Que no somos todas putas?
Evidentemente la construcción de los cuerpos ha sido el pilar de las sociedades patriarcales, pero ahora, más que nunca cuando determinadas plataformas resultan obsoletas en Occidente, cuando por fin nosotras decidimos nuestras relaciones sexuales, cuando somos sujetos activos en dichas relaciones, cuando podemos disfrutar del hacer y que nos hagan, cuando podría establecerse una relación libre, la categoría de un sexo libre –entre sujetos del mismo sexo o de distintos sexos–, fruto de elecciones y no de determinaciones opusinas, entonces tenemos la conversión de la potencia al acto puro, ¿podemos ser sexo? ¡Seámoslo todo el tiempo! Esencia y existencia todo en uno - como diría Tomás de Aquino del ser supremo - el cuerpo femenino encarnando la ontosexología, todo el rato siendo, pero para ser/existir, hay que ser dios, hay que ser sexo. Y el cuerpo femenino que no lo sea, tendrá un poco difícil lo de existir.
¿Queríamos sexo? Pues ahora todo es sexo.
Pero si todo es sexo nada es sexo. Es decir si todo es carne como la orgía que proponen los Mc Donalds nada es carne.
Que Platón supusiese el fin de la poesía es una hipocresía posmoderna, ¡que Platón quisiese abolir la poesía! Es no haber entendido nada de la historia de la filosofía. ¿O en realidad, para salvar la poesía, consagró toda una vida a establecer oposiciones reales que no convirtiesen todo en una nada nihilista?
5. El trabajo de las determinaciones
«En la urgente adaptación a las nuevas condiciones de su existencia, la mujer se apodera y asimila, frecuentemente sin someterlas a ninguna crítica, verdades propiamente masculinas que luego, examinadas más detenidamente, son sólo verdades para la clase burguesa»[13]
Intentemos no perdernos ante las múltiples coyunturas que aparecen en la exposición del patriarcado contemporáneo: la dominación masculina escenificada brutalmente como dominación sexual.
«La dominación de las mujeres está políticamente dirigida a lo que es específica y psicológicamente femenino: la sexualidad y la reproducción de las mujeres se construyen social y políticamente como inferiores. Al tiempo que las mujeres son víctimas de la discriminación política, legal y económica, esta condición se basa en una condición previa de explotación que tiene lugar sobre, en, y a través de los cuerpos de las mujeres, en la sexualidad y en la reproducción. La opresión de las mujeres implica, políticamente, algo que no se encuentra en ninguna otra condición –la construcción social del cuerpo humano sexualizado–: la opresión abarca desde las formas de objetivación hasta la violencia, pero es una explotación que se introduce en los cuerpos de las mujeres, por la vagina, por el recto, por la boca y en el útero. (...) Este sexo socialmente construido se define como femenino y se reduce al cuerpo de la mujer. La prostitución es la quintaesencia de la sexualización de las mujeres porque en ella los cuerpos femeninos, sexualizados por la sociedad como lo son todos los cuerpos femeninos, sólo necesitan estar presentes y disponibles para actuar sobre ellos con el fin de producir sexo: en este caso, placer sexual, alivio, fantasía para el que paga. »[14]
A partir de los años ochenta se produce la puesta en escena del comercio sexual como puesta en escena de la prostitución en nuestra sociedad del espectáculo.
Para llegar a la superproducción industrializada del sexo, fruto del reformismo burgués, hay que exponer brevemente la lucha de los movimientos de mujeres para abolir las leyes reglamentaristas. Como las acciones políticas protagonizadas por Josephine Butler, quien consiguió, en 1880, la adhesión de protestantes y sindicatos, propiciando la abolición en 1886. A lo largo de la primera mitad del siglo XX se sucedieron distintos convenios internacionales, hasta el Convenio del año 49.
El Convenio de Naciones Unidas de 1949 prescribe como delito el consumo y el comercio de mujeres para fines sexuales independientemente de que se testifique una situación forzada o no, se entiende que las personas traficadas no están en una situación que las permita denunciar su esclavitud, si así fuese, evidentemente, no serían mujeres traficadas.
« (...) El contenido de los artículos 1 y 2 del convenio, están dedicados a fijar las conductas del proxenetismo que han de ser sancionadas penalmente por los Estados firmantes. Señala el Convenio:
Artículo 1º «las partes en el presente Convenio se comprometen a castigar toda persona que, para satisfacer las pasiones de otra:
1. Concertare la prostitución de otra persona, la indujere a la prostitución o la corrompiere con objeto de prostituirla, aún con el consentimiento de tal persona.
2. Explotare la prostitución de otra persona, aún con el consentimiento de tal persona».
Artículo 2º.-«Las partes en el presente Convenio se comprometen así mismo a castigar a toda persona que
1. Mantuviere una casa de prostitución, la administrase o a sabiendas la sostuviere o participare en su financiamiento.
2. Diere o tomare a sabiendas, en arrendamiento, un edificio u otro local, o cualquier parte de los mismos para explotar la prostitución ajena».
La lectura de los artículos evidencia las ideas básicas que contiene: a) que la previsión punitiva está prevista exclusivamente para los terceros que se benefician de la prostitución ajena; b) que el reproche penal para el proxeneta se produce medie o no el consentimiento de la persona prostituida, o dicho de otra manera, obtener beneficios de la prostitución está sancionado en todos los casos; c) que la minoría o mayoría de edad de la persona prostituida es indiferente para la sanción penal de quienes explotan la prostitución ajena.
El artículo 6 del Convenio prohíbe el control o identificación de las personas prostituidas al establecer que: «Cada una de las partes en el presente Convenio conviene en adoptar todas las medidas necesarias para derogar o abolir cualquier ley, reglamento o disposición administrativa vigente, en virtud de la cual las personas dedicadas a la prostitución o de quienes se sospeche que se dedican a ella, tengan que inscribirse en un registro especial, que poseer un documento especial o cumplir algún requisito excepcional para fines de vigilancia o notificación»
El artículo 16 establece que los Estados parte deben adoptar medidas para la prevención de la prostitución y para la rehabilitación de las personas supervivientes de la prostitución, implantando servicios públicos o privados de carácter educativo, sanitario, social, económico y otros servicios conexos.
El artículo 17 prevé medidas de protección y prevención para las personas inmigrantes, dirigidas a combatir el tráfico de personas para fines de prostitución, entre las que se encuentra la publicidad en los países de origen acerca del peligro de la trata.
Por su parte, el artículo 22 fija los mecanismos de resolución de las controversias que pudieran surgir en la interpretación y aplicación del Convenio estableciendo que cualquiera de las partes podrá someter la cuestión a la Corte Internacional de Justicia.»[15]
A partir de los años noventa, casi ningún país ratifica ya dicho convenio, España reforma el Código Penal en el año 1995 e incluye la distinción de prostitución forzosa o voluntaria, liberando a esta última de una tipificación de delito, se alega el derecho a la libre asociación y la iniciativa privada, el proxenetismo es válido si no emplea medidas coercitivas. Nuestro país se convierte en el lugar paradisíaco para el negocio del sexo.
«Se calcula que en España existen unas 300.000 prostitutas, y que cuatro de cada diez españoles han recurrido al menos una vez a la prostitución. Es un fenómeno que sólo entre Madrid y Barcelona mueve más de 30 millones de euros al año."[16]
Estos datos engloban dos líneas de análisis; la violencia patriarcal nutrida gracias a la violencia capitalista: los hombres demandan cuerpos de mujeres, y las condiciones económicas de las mujeres extracomunitarias nutren el mercado. El solapamiento de la estructura capital y la estructura patriarcado, dificulta una vez más la esterilización de las condiciones de posibilidad de la dominación masculina.
Estas líneas de análisis se diluyen en el debate que enfrenta actualmente al movimiento feminista. Una posible manera de no diluirlas, de no perder de vista la cuestión de género, es analizar los argumentos que esgrimen las tesis reglamentaristas y abolicionistas dentro del feminismo.
1) La legalización/reglamentación de la prostitución argumenta tres reivindicaciones:
a) La prostitución es un trabajo. Es un trabajo como otro cualquiera, y como tal, debe ser regulado, gozando de derechos y deberes, vendría a ampliar el estatuto de los trabajadores, incluyendo una nueva profesión consistente en prestar «servicios sexuales» remuneradamente. La remuneración convierte esta «prestación» en un trabajo como otro cualquiera. La corriente feminista –que dando voz a un colectivo de prostitutas– aboga por esta solución, frente a la proliferación de la industria del sexo, nutrida gracias a la pauperización del colectivo de mujeres, defiende mejoras laborales, atención sanitaria y la posibilidad de institucionalizar un trabajo «tradicionalmente» femenino en donde el salario sea más cuantioso en comparación con otros trabajos «tradicionalmente» femeninos, como cuidar ancianos, limpiar casas, o cuidar niños. Podríamos afirmar un argumento claramente cuantitativo en este punto, compartido por marxistas y feministas.
«El informe sobre la salud de la población marginal de Barcelona, en 1999, nos muestra las prostitutas que trabajan en la calle como el sector más desfavorecido en un conjunto de indicadores: son las que viven solas con mayor frecuencia (el 31%, mientras que están en esta situación el 16% de las inmigrantes y el 22% de las toxicómanas), tienen los más bajos niveles de estudios, tienen menor apoyo económico familiar, presentan mayores deterioros en la salud que los otros grupos analizados ( son las que padecen más de problemas de espalda, de dolores de cabeza y trastornos circulatorios y las que tienen peor salud mental; mientras que son superadas por las toxicómanas en trastornos nerviosos y depresiones) y tienen también altos índices de consumo de productos tóxicos, como tabaco, alcohol, y marihuana. Pese a estos indicadores, es el colectivo marginal que menos acude a la atención sanitaria pública. Resumiendo, se puede decir que es el grupo que se encuentra peor y el que demanda menos a los servicios públicos de salud. Independientemente del hecho que un trabajo sobre una muestra pequeña (19 travestis y 42 prostitutas) es difícil de generalizar, nos indica sin embargo algunas tendencias generales que señalan a las trabajadoras sexuales de la calle como un colectivo especialmente desfavorecido. Esta situación no se relaciona con sus niveles de ingresos, pues las dos terceras partes de las entrevistadas tienen ingresos superiores al salario mínimo y un tercio supera las 200.000 Ptas. mensuales. Esta información sobre el buen nivel de los ingresos de las prostitutas es confirmada por otras investigaciones, como la de Pons (1992, quien llega a preguntarse por qué no entran más mujeres en ese sector, ya que las condiciones de trabajo son, en algunos aspectos, más ventajosas que las que se logran en otras tareas) en Asturias. De este modo, el colectivo de trabajadoras sexuales presenta algunos problemas en su análisis, difícil de resolver desde los modelos tradicionales, que tienden a hacer depender la exclusión social de la marginación económica. En este caso, todo sucede como si la sociedad ejerciera un plus de discriminación y desvalorización (que termina siendo interiorizado por las propias afectadas, como autodesvalorización) como una forma de desalentar una opción laboral, que en sí misma no sería forzosamente desventajosa».[17]
Estos datos no aclaran el tiempo dedicado, o el número de servicios que corresponderían a dicho salario. La estimación de esta cuantiosa fuente de ingresos presupone la desaparición de figuras intermediarias, como la del proxeneta. Y los reembolsos altamente significativos responderán necesariamente a la desaparición del intermediario, o a la prostitución de lujo, fenómeno distinto a la prostitución de calle o de clubes de carretera.
b) La reglamentación laboral entiende que la legalización acabará con este atractivo negocio para los ojos y bolsillos de los proxenetas que empleen la violencia.[18]
«Mediante esta actividad, importantes cantidades de dinero cambian de mano, en una corriente de transferencia de recursos que permite a las mujeres que tienen pocas posibilidades competir con éxito en las vías consideradas legítimas, participar en las riquezas generadas socialmente. En la medida en que la actividad resulta rentable, atrae también a gran número de intermediarios y aprovechadores que tratan de canalizar en su propio beneficio esta fuente de recursos, por lo que es necesario arbitrar medidas de defensa de las prostitutas como en el caso de cualquier otra actividad, evitando la explotación y el maltrato».[19]
c) La prostitución emancipa sexualmente a las mujeres. Este sería el otro argumento que aúna la pretensión feminista de la reglamentación y a parte del marxismo contemporáneo. Se quiere luchar contra la estigmatización que sufren las prostitutas, y la solución es la misma prostitución. Aquí los argumentos podrían resumirse en dos: la alternativa al matrimonio –en donde muchas mujeres tienen que soportar determinadas relaciones no deseadas de manera gratuita–, sería una compensación económica, en donde las mujeres no harán nada que se deduzca de su rol de género, de manera gratuita, sino, a saber, harán eso mismo pero de manera remunerada. Esta alternativa se refuerza con las propuestas postmodernas de empoderamiento de las mujeres, invitando a performances empíricas en donde la prostituta acumula poder a través de sus clientes, decidiendo el intercambio sexual[20], poniendo las bases del contrato sexual. El resultado sería subvertir el orden patriarcal a través de una institución patriarcal como es la prostitución. La prostituta no deja de cumplir con su mandato de género impregnado en su sexo por parte de una sexualidad masculina, pero invita a un imaginario colectivo en donde desfilan las películas de Almodóvar, las canciones de Sábina, o:
«Cobramos la entrega en especies: nos pagan con dinero o con honra matrimonial, a veces con ambas cosas. Necesitamos ser compradas. Pero Naná no sólo recibe: expulsa. También ella usa y descarta, por eso es fascinante y aterradora. Provoca un codicioso desprecio, una avidez sumisa. Ella puede dejar cualquier amante en cinco minutos: la paga que le dan no obliga a más. Las esposas quedan presas de la cadena que hila su propia rueca.»[21]
2) La abolición de las condiciones que configuran el fenómeno de la prostitución: El punto de partida que reconciliaría a reglamentaristas y abolicionistas sería la preocupación por la condición de las mujeres prostituidas, las condiciones económicas que acusan su supervivencia en la prostitución, y el fin de un estado de esclavitud sexual. Ahora bien, las similitudes se disuelven en el momento en que las reglamentaristas esgrimen la teoría de las voluntades y la liberación sexual, distinguiendo entre prostitución forzosa y no forzosa. La teoría abolicionista, dando voz a la mayoría de las mujeres prostitutas, y desde un pensamiento crítico deconstruye tal distinción.
Voy a intentar exponer dicha deconstrucción: Imaginemos que centramos el análisis en la prostitución no forzosa y admitamos tal distinción. Expongamos, a partir de dicha hipótesis, la articulación de una ley reglamentarista, según sus propias tesis:
a) ¿La prostitución es un trabajo? Las tesis reglamentaristas sostienen que la marginalización del oficio proviene de la estigmatización social que condena al mismo. La reglamentación trabaja por dicha desestigmatización, dicho trabajo abarca desde publicaciones de ensayos –sociológicos, antropológicos–, cuentos infantiles, foros de debate, comparecencias en los medios de comunicación, o manifestaciones en la calle. La carga simbólica de la prostitución respondería a una falsa moral que juzga a la prostituta. La reglamentación supondría la aceptación social de un servicio sexual a cambio de dinero, se trataría de un proceso de socialización en donde la aceptación de la venta de los cuerpos regularía este trabajo, permitiendo su reconocimiento social, derechos laborales y sanidad pública. Y la no distinción entre trabajos como el cuidado a niños, o ancianos, tradicionalmente trabajos femeninos, junto con el de la prostitución, igualmente femenino. Una optimatización de los recursos económicos haría que muchas mujeres prefiriesen este trabajo femenino, frente a otros igualmente femeninos.
¿Por qué no se sostiene este argumento desde el feminismo?
El pensamiento crítico responde históricamente a este argumento:
Desde las filas del marxismo, el feminismo ha sostenido una batalla contra las distintas formas de la dominación masculina, y nunca se detuvo ante la dominación sexual que constituye la prostitución. Aún no terminamos de entender los argumentos contemporáneos que se dicen a sí mismos feministas y marxistas, y no sólo defienden, sino que convierten en su caballo de batalla la legalización de la prostitución.
En los años de la revolución el feminismo marxista concebía la prostitución como la expresión de la dominación sexual. La disputa, en todo caso, era entre la corriente ortodoxa que negaba la posibilidad de un comunismo patriarcal en tanto que éste, por su propia definición, consistía en la ausencia de propiedad privada, y el feminismo que reconocía la independencia de las dos estructuras –capital y patriarcado– e insistía en que el final del capitalismo no aseguraba el fin de la dominación masculina, los ejércitos rojos tenían en común con el resto de los ejércitos sus burdeles[22].
« XVI. SE ACABARÁ PARA SIEMPRE CON LA PROSTITUCIÓN:
Esta vergüenza se la debemos al sistema económico hoy en vigor, a la existencia de la propiedad privada. Una vez haya desaparecido la propiedad privada desaparecerá automáticamente el comercio de la mujer. Por lo tanto, la mujer de la clase trabajadora debe dejar de preocuparse porque esté llamada a desaparecer la familia tal y conforme está constituida en la actualidad. Sería mucho mejor que saludaran con alegría la aurora de una nueva sociedad, que liberará a la mujer de la servidumbre doméstica, que aliviará la carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que, finalmente, veremos desaparecer la más terrible de las maldiciones que pesan sobre la mujer: la prostitución.»[23]
Pese a las diferencias pertinentes, las feministas marxistas que lucharon por el fin de la familia como centro neurálgico para la mujer, contra la feminización del espacio doméstico y de la maternidad, nunca cesaron su lucha ante el fenómeno de la prostitución y mucho menos consideraron que fuese una posibilidad liberadora frente al matrimonio burgués, sino más bien la otra cara de la misma moneda, como expondré más adelante.
La izquierda libertaria: las anarquistas también reconocieron en la prostitución la más ignominiosa de las opresiones por razón de sexo. La educación, arma combativa para las anarquistas libertarias, igualaba a los sexos en su formación e insistía, ya en los años treinta, en términos, que hasta hace bien poco nuestra historia silenciaba, como el de coeducación: no sólo se requería una educación mixta sino una educación que compartiese los mismos valores, y que no hubiese distinción de roles de género, para ello es obvio que la demanda por parte de los hombres de cuerpos como mercancía sexual escapaba por completo a las intenciones revolucionarias de las anarquistas.
«Liberatorios de Prostitución: La empresa más urgente a realizar en la nueva estructura social es la de suprimir la prostitución. Antes de ocuparnos de la economía o de la enseñanza, desde ahora mismo, en plena lucha antifascista aún, tenemos que acabar radicalmente con esta degradación social. No podemos pensar en la producción, en el trabajo, en ninguna clase de justicia, mientras quede en pie la mayor de las esclavitudes: la que incapacita para todo vivir digno. (...) Con esto hay que acabar rápidamente. Y ha de ser España la que dé la norma al mundo. Todas las mujeres españolas habremos de ponernos ahora mismo a esta empresa liberadora. Ninguna farsa más de ligas y discurso «contra la trata de blancas». No más sombríos conventos de arrepentidas. No más pasivas conmiseraciones de mujeres distantes. No es problema de ellas, sino nuestro, de todas las mujeres y de todos los hombres. Mientras él exista no se podrá llegar a la sinceridad en el amor, en el afecto , en la amistad, en la camaradería. Hay que hacer enseguida lo que no hicieron nunca asociaciones femeninas que han pretendido emancipar a la mujer organizando algunas conferencias amenas, algunos recitales de elegantes poetas y poetisas, preparando algunas mecanógrafas.
MUJERES LIBRES está organizando liberatorios de prostitución. (...), en ellos se desarrollará el siguiente plan: 1º investigación y tratamiento médico-psiquiátricos. 2º Curación psicológica y ética para fomentar en las alumnas un sentido de responsabilidad.3º Orientación y capacitación profesional. 4º Ayuda moral y material en cualquier momento que les sea necesaria, aún después de haberse independizado de los liberatorios.
Esperamos que todas las organizaciones obreras, asociaciones femeninas, partidos políticos y todas las mujeres y los hombres conscientes colaboren en esta obra, en la que MUJERES LIBRES pone todo su entusiasmo emancipador y constructivo.»[24]
Parece ser que en los años treinta las acciones revolucionarias podían permitirse el combate contra el patriarcado sin tener que lidiar con argumentos derivados, como la trata de blancas, las anarquistas de los años treinta reconocían el estado de dominación que implicaba la prostitución.
«En el año 1855 el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos, el demócrata Franklin Pierce, propuso a los Duwamish que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva. Los indios no entendieron esto ¿cómo se podía comprar y vender la Tierra?
Así respondieron los indios: Consideraremos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre nuestra Tierra Pero mi pueblo pregunta: ¿qué es lo que quiere comprar el Cielo, o el calor de la Tierra, o la velocidad del antílope? ¿Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo vais a poder comprarlas? ¿Es que, acaso, podréis hacer con la Tierra lo que queráis, sólo porque un Piel Roja firme un pedazo de papel y se lo dé al hombre blanco? Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el brillo del agua, ¿cómo vais a poder comprárnoslo? ¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya habéis matado al último? Consideramos vuestra oferta. Sabemos que si no os la vendemos, vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra Tierra. Pero nosotros somos unos salvajes.»[25]
A lo mejor resulta que ha llegado el momento de reivindicar nuestra condición de salvajes. Reivindicar el derecho a la extrañeza, a lo mejor todavía podemos, y debemos, seguir asombrándonos cuando no entendemos muy bien lo que se nos dice, y lejos de establecer analogías esencialistas entre las tierras y las mujeres –nada más lejos de nuestra intención–, reivindicamos el derecho a no entender: que de hecho los hombres compren cuerpos de mujeres en un estado patriarcal, es algo muy distinto a reivindicar el derecho que tienen las mujeres a vender sus cuerpos, la subversión del primer hecho no se consigue con el derecho de las mujeres a vender sus cuerpos sino cuestionando el supuesto derecho de los hombres a comprarlos. O por lo menos ésta ha sido tradicionalmente la lógica marxista y feminista.
Parece que todo está perdido. Si no nos queda la diferencia entre un liberal y un no liberal, realmente estará todo perdido.
«Tal era precisamente lo que ocurría en un sistema de mercado. Del hombre (bajo el nombre de trabajo) y de la naturaleza (bajo el nombre de tierra) se hacían mercancías disponibles, cosas listas para negociar, que podían ser compradas, y vendidas en todas partes a un precio denominado renta o arrendamiento, en lo que se refiere a la tierra. Existía un mercado tanto para el trabajo como para la tierra, y la oferta y la demanda quedaban reguladas en cada caso por el nivel de salarios y de rentas respectivamente; la ficción de que el trabajo y la tierra eran productos para la venta se mantenía constante.
(...) Ahora bien, mientras que la producción podía en teoría organizarse de este modo, la ficción de la mercancía implicaba el olvido de que abandonar el destino del suelo y de los hombres a las leyes del mercado equivalía a aniquilarlos.»[26]
La propuesta de la performance posmoderna sería ficcionar los intercambios sexuales, pero debiéramos tener cuidado no vaya a ser que la ficción ficcionada sobre el olvido de otra ficción, al final nos dé, de bruces, con la cruda realidad.
Si el marxismo y el feminismo se han caracterizado, y caracterizan, por algo, ha de ser por la resistencia al olvido estructural, sólo esta resistencia nos hará libres. No podemos sustituirla por una ficción erótico festiva.
El Feminismo radical denuncia la colonización sexual que supone la conversión del cuerpo femenino en cuerpo sexualizado, la proliferación de la industria del sexo lejos de ampliar nuestras posibilidades laborales, las reduce a una y la misma: lo femenino.
Lo femenino es expuesto por definición histórica a dosis de violencia, la historia de la trasgresión masculina es tan triste como la fantasía de producir violencia en lo femenino ¿Cuál es el lugar ideal en donde uno cree transgredir las normas? El cuerpo de las mujeres. Insisto en la tristeza del asunto en tanto que la trasgresión de las normas cumple tan rigurosamente las normas de la trasgresión como las novelas tediosas de Henry Miller[27] en donde por mucho que avances en su lectura nunca consigues sorprenderte ante nada que no sea la mayor moral puritana que insiste en concebir lo erótico como algo degradado y ridículo.
«La esclavitud sexual se da en TODAS las situaciones en que una mujer o una niña no pueden cambiar las condiciones inmediatas de su existencia, al margen de cómo llegaron a esa situación de la cual no pueden salir y del lugar donde sean sometidas a la violencia y la explotación sexuales. (...) Uno de los hallazgos más importantes de este estudio sobre la esclavitud sexual femenina es que el paradigma de la violación, la política sexual de la violación, constituyen el contexto social y político en que las víctimas son sexualmente esclavizadas. La experiencia de la víctima de una violación es, en esencia, la experiencia de todas las mujeres víctimas de violencia sexual en cuanto a la forma en que reacciona todo el orden social ante su experiencia y la forma en que esta experiencia es tratada. Al reconocer la comunidad de experiencia de las mujeres en la esclavitud sexual femenina, rompemos con la inveterada separación de las mujeres en las categorías, competitivas e incompatibles, de mujer pura y prostituta, y nos permite entender que la «víctima», también puede ser la prostituta, la mujer golpeada, la niña incestuosamente agredida, la mujer velada, la novia comprada.»[28]
La teoría feminista a partir de los años sesenta sufre una clara división teórica, surge en Francia a partir de las interpretaciones psicoanalíticas de grupos lacanianos y a través de los trabajos de Irigaray, una corriente que se ha dado en llamar el feminismo de la diferencia. En Italia se recoge este trabajo de la mano de Luisa Muraro y en torno a la Librería de Mujeres de Milán, y en España a través de los estudios de DUODA a cargo de Milagros Rivera. Las tesis de la diferencia se distancian del feminismo ilustrado nutriendo –los debates entre ambas corrientes– los anales del feminismo. Pero es importante señalar cómo se hermanan[29] ante el fenómeno de la prostitución:
«La última consigna de nuestra gazmoñería es: prostitutas autoorganizadas. No me equivoco, no es la última sino la penúltima; porque la última, no pronunciada todavía, se perfila ya: normalización fiscal. La prostituta que paga impuestos es la figura del orden burgués, cumplidamente realizado, y en cuanto tal, merecería un lugar en la Fenomenología del espíritu.
El horror femenino hacia la prostitución tiene un motivo preciso aunque nunca dicho hasta ahora; es que la prostitución es, para un número no calculable de mujeres del que no hay que excluir a las que se prostituyen, una caricatura de la disponibilidad femenina a lo otro; disponibilidad que una mujer encuentra inscrita en su cuerpo por la fisiología de la maternidad y luego traducida en su alma por la intimidad con la madre, que es el privilegio de la hija. Una caricatura he dicho, porque hay otras, pero ésta es la más literal, la más cercana a la verdad y, por ello, la más inquietante y obscena.»[30]
Marcela Lagarde, feminista mexicana, histórica en su lucha por los derechos de las mujeres, se presenta como diputada independiente en el Parlamento Mexicano, y consigue ser nombrada dirigente de la Comisión que investiga los feminicidios de Ciudad Juárez. Lagarde no se cansa de denunciar que las desaparecidas, cuyos cadáveres no se encontraron, han pasado a abastecer la demanda de las rutas del tráfico de mujeres para su explotación sexual.
Después de lo expuesto, ahora estamos en disposición de volver a preguntarnos: ¿la prostitución es un trabajo? No nos queda más remedio que contestar que no. Y a la defensa del no, no nos obliga la estigmatización social, como proponen las reglamentaristas, sino la totalidad del movimiento feminista, el compromiso con el colectivo de las mujeres, y el derecho de las mujeres a no ser prostituidas.
Y en todo caso habrá que luchar contra las estigmatizaciones, por supuesto, contra la femenina que la reduce a la condición de sexo, pero sobre todo con la estigmatización masculina que la erige con derechos corporales hacia nosotras. Nunca el derrocamiento de la estigmatización que pesa sobre las mujeres nos va a llevar a defender la prostitución como una forma de trabajo más, sino que no cesaremos de luchar hasta que derroquemos los roles masculinos que denominan a la producción de plushonor trabajo. El recuerdo de la estructura no nos lo permite. Sinceramente, no creemos que el problema dependa de la estigmatización de pequeñas viciosas[31] sino de mayores, numerosos y pudientes viciosos.
b) ¿La legalización acabaría con el proxenetismo coercitivo? Las tesis reglamentaristas, sostienen que la legalización de la prostitución acabará con el proxenetismo coercitivo, como comentábamos anteriormente. La lucha de las tesis abolicionistas es evidenciar las consecuencias de la legalización para las mujeres prostituidas.
«(...)En efecto, mientras que antes del Código de 1995 estaban penalizadas todas las modalidades de proxenetismo, mediare o no el consentimiento de la persona prostituida, el artículo 188 del Código Penal, conforme a su redacción originaria, sólo penalizó el proxenetismo coercitivo, es decir, la utilización de medios coercitivos: coacción, fuerza física, abuso de situación de vulnerabilidad. El cambio, en el sistema penal ha tenido consecuencias visibles: hemos pasado de ser un país de tránsito a ser un país de destino; el proxenetismo al no estar penalizado se ha estructurado y organizado legal y efizcamente; los proxenetas has pasado de ser designados como delincuentes a ser empresarios del sexo; las mujeres traficadas han de acreditar los medios coercitivos sufridos, ante las exigencias del tipo penal, lo que acentúa su vulnerabilidad al descansar sobre ellas la carga de la prueba.»[32]
Esta reforma progresista!? legaliza la especulación de cuerpos de mujeres. El mercado de la carne tiene carta blanca y sus mercaderes serán oficialmente grandes gestores.
«La prostitución en el Estado español está controlada por los llamados «10 hombres fuertes» que entre todos suman más de 100 macro-locales de prostitución. En general, se calcula que a éstos se les debe sumar unos 400 «minoristas» declarados. Las cifras son mucho mayores, ya que los cálculos hechos por la Generalita de Cataluña recientemente han cesado en 450 los locales de alterne, sólo dentro de su Comunidad Autónoma ( la Guardia Civil estima que probablemente son más). En el ámbito de la Comunidad de Madrid rondamos igualmente el medio millar de locales dedicados a algún tipo de prostitución. Esta cifra se incrementa si tenemos en cuenta que la prostitución de calles está relacionada con los negocios de alquiler de habitaciones y apartamentos, en pensiones y hoteles y que también hay que sumar aquellas que ejercen en pisos propios o bien pisos de proxenetas. Así la cifra puede llegar fácilmente a los 700 establecimientos, aunque sólo comprende la prostitución abierta y semi–abierta.»[33]
Estos datos son publicados en el 2002, los tres años transcurridos hasta el 2005 incrementan considerablemente las cifras.
El mismo informe arroja los siguientes datos sobre prostitución de menores:
El origen de los/as menores traficados con fines de explotación sexual en la Unión Europea, según la OIM; Trata de Migrantes, n.º 24, 2001:
- 49% Europa Oriental; 29 % África ; -22 % otros : el 70% son niñas.
- 2 millones de niños/as son traficados/as anualmente;
- 6000 niños/as entre 12 y 16 años son introducidos/as en la industria del sexo cada año en Europa Occidental;
-Entre el 10 y el 30 % de las personas prostituidas en Europa del Este son menores;
- el 80% de las albanesas víctimas de tráfico eran menores de 18 años, en estas nacionalidades destaca la mayor frecuencia de situaciones de rapto.
España es uno de los países de destino, sobre todo para las mujeres y niñas traficadas desde África (Ghana, Nigeria, Etiopía, Malí) y Europa Central y del Este (Rusia, Ucrania, Lituania, Moldavia, Rumania, Albania, Hungría) y América Latina (Brasil, Ecuador, República Dominicana). Las principales formas de reclutamiento son: 1. Engaño en origen: promesa de trabajo doméstico, hostelería, matrimonio; 2. Secuestro o violación + secuestro; 3. Endeudamiento para financiar el viaje.
«(...)El número y volumen de mujeres traficadas es imposible de evaluar, puesto que de conocerse un número, éste es sólo respecto a las mujeres que denuncian (normalmente escapadas de clubes, las de calle tienen menos posibilidades) y en relación con el número de redes desarticuladas. Lo cual nos remite a la falta de sistematización existente por parte de las instituciones en la recolección de datos, y a la falta de coordinación entre autoridades y ONGs. De acuerdo con los datos de la Dirección General de la Policía (MIR; 2001) en el año 2000 se logró desarticular 84 redes de tráfico, y en el año 2001, 119 redes. (...) Un ejemplo de la dificultad que supone llegar a las víctimas y del incremento de este fenómeno son las cifras de la propia OIM, quien en el año 2000 sólo puedo asistir a 703 víctimas de tráfico para que regresasen a sus países de origen y 1.340 en el 2001, pero que calcula para el 2002 una asistencia para al menos 2.200 víctimas. El por qué es tan difícil llegar a las víctimas se explica en parte, por las variables que acabamos de enumerar, pero también existen otros factores. Entre ellos: la coerción y la violencia a la que están sometidas las mujeres para que mantengan silencio, incluso una vez que son liberadas, a través de amenazas de muerte y daño físico a ellas mismas y a sus familias de origen: la vergüenza y el trauma psicológico como factores disuasorios para efectuar denuncias; el aislamiento al que son sometidas las víctimas y las barreras culturales y lingüísticas; las situaciones de irregularidad administrativa; la falta de información sobre derechos y recursos; y la escasez de programas e iniciativas institucionales destinadas a las víctimas.»[34]
Estas dificultades, hemos de resaltar una y otra vez, no se dan en un estado prohibicionista ni abolicionista, sino precisamente en un estado reglamentarista, que al legalizar la prostitución tan sólo tiene que adiestrar a las mujeres prostituidas para que respondan en nombre de su voluntad.
No tenemos ningún interés en exagerar la realidad, nos remitimos a las consecuencias de las medidas reglamentaristas:
España es objeto de recomendaciones internacionales :
Observaciones finales del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres (CEDAW/C/ESP/5)[35]
«336. A la vez que encomia al Estado Parte por las medidas jurídicas y de otra índole que ha adoptado contra la trata de mujeres y niñas, el Comité expresa su preocupación por el aumento de la incidencia de la trata de mujeres y niñas. Le preocupa la situación de las mujeres que son objeto de ese comercio, en particular las que invocan la condición de refugiadas por motivos de persecución basada en el género.
337. El Comité insta al Estado Parte a que redoble sus esfuerzos por entablar cooperación internacional con los países de origen y de tránsito, dentro y fuera de la Unión Europea, tanto por lidiar con las fuerzas económicas que hacen que las mujeres sean víctimas de la trata como para prevenir la trata de mujeres mediante el intercambio de información. El Comité también insta al Estado Parte a que adopte todas las medidas apropiadas para luchar contra la explotación de la prostitución de la mujer, INCLUSIVE desalentando la demanda de la prostitución. El Comité también insta al Estado Parte a que continúe reuniendo y analizando datos provenientes de la policía y fuentes internacionales, procesando y castigando a los traficantes y garantizando la protección de los derechos humanos de las mujeres y niñas
Por Maria Fdez. Estrada
«Claro que he comido huevos –dijo la niña, que nunca faltaba a la verdad–, pero es que las niñas comen tantos huevos como las serpientes, ¿no lo sabía usted?
- No creo una palabra de lo que dices –dijo la Paloma–, pero aunque así fuera, eso las convertiría en una especie de serpientes. ¡Está bien claro!
Alicia se quedó pasmada ante esta nueva y sorprendente idea y la Paloma aprovechó para volver a la carga:
- Lo que está claro es que tú estás buscando huevos; y en ese caso, ¿qué me importa que seas niña o serpiente?
- A usted quizás no, pero a mí sí –se apresuró a decir Alicia–. Pero da la casualidad de que no estaba buscando huevos, y menos los suyos. No me gustan los huevos crudos.»
Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas.
«Sólo en el trabajo mismo con la cosa puede ocurrir –y ocurre si el trabajo es especialmente serio– que el previo «tener por» se ponga de manifiesto e incluso que llegue a poder ser discutido. La seriedad del trabajo con algo se mide por la capacidad de someter a continuada autocrítica el previo «tener por».
Felipe Martínez Marzoa Ser y diálogo.
1. El paso del mito al logos
Había que nombrar todas las estructuras que dividían los espacios según un arbitrario sino genital.
Los entrantes y salientes que caracterizan los tornillos y las tuercas como machos y hembras según su remate final, dividían de igual manera el orden social, con la diferencia considerable de que, obviamente, no es lo mismo ser un material de ferretería que ser un ser humano. En realidad es muy práctico ordenar un cajón separando los tornillos de las tuercas, según su apariencia, y en principio, la realidad social resultaría igualmente ordenada si se reconocen las diferencias aparentes, seguramente muchas almas se tranquilizarían en un reino de orden frente a un reino de caos. Esto no es baladí, la historia ensangrienta nuestro pensamiento, todos los imperios imponiendo orden en realidades dispares que resultaban caóticas ante los ojos juiciosos.
A muchos hombres les resultaba un auténtico follón los colores de los indios, la vida ociosa que proporcionaban las plataneras a los indígenas, los ritos de las pieles oscuras, las tierras comunales, las fábricas autogestionadas, los tiempos del café, de la media mañana, de la siesta, las largas explicaciones en las asambleas, las colas para el pan en los países comunistas, incluso si me apuran, podríamos decir que incluso la existencia de los conceptos, la pregunta por el ser, y la diseminación de la realidad en condiciones estructurales, Gorgias, Menón, Antifonte... siempre se levantaban enfadados, su «orden argumentativo» sufría un desorden ante las preguntas socráticas.
En realidad, la historia podría dividirse en esa clase de hombres «ordenados» –a costa de tantos desórdenes distributivos provocados por la impoluta y homogénea apariencia que consigue representar la mercancía– y los hombres que se resistieron a ordenar la tierra, a ordenar su cuerpo, a ordenar las cosas, e insistieron en seguir preguntando.
Pero la historia de la humanidad, pese a su condición bípeda y racional consiste en incurrir una y otra vez en sorprendentes paradojas: las distintas clases de hombres pueden beberse una cerveza, echarse unos cigarros comentando el follón –en sus distintos grados, según el primer orden, o caos, al que estuviesen adscritos–, que supone no distinguir ordenadamente los entrantes y los salientes, lo cóncavo y lo convexo, lo masculino y lo femenino. Las condiciones de posibilidad para que haya ciencia, la pregunta por los principios despejando la mitología homérica de la vía explicativa, enunciaba a la vez y en el mismo sentido «hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer»[1]. Desde Aristóteles a Rousseau, desde Kant a Baudrillard, desde mis abuelos a mis alumnos.
«En la unión de los sexos, cada uno concurre de igual forma al objetivo común, pero no de igual manera. De esa diversidad nace la primera diferencia asignable entre las relaciones morales de uno y otro. Uno debe ser activo y fuerte, el otro pasivo y débil: es totalmente necesario que uno quiera y pueda; basta que el otro resista poco. Establecido este principio, de él se sigue que la mujer está hecha especialmente para agradar al hombre; si el hombre debe agradarle a su vez, es una necesidad menos directa, su mérito está en su potencia, agrada por el solo hecho de ser fuerte.(...) De la buena constitución de las madres depende ante todo la de los hijos; del cuidado de las mujeres dependen también sus costumbres, sus pasiones, sus gustos, sus placeres, su felicidad misma. Por eso, toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia. Mientras no nos atengamos a este principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se les den de nada servirán ni para su felicidad ni para la nuestra.»[2]
Rousseau evidentemente resulta un gran patriarca teórico, no escatima en apariencias ilustradas, sino que habla de dominación y sumisión. Y ante unas artes descubiertas, el pensamiento valientemente ilustrado aplica el disolvente crítico que aclare los saltos retóricos que arguye el patriarcado moderno:
«Entonces buscó la soledad, no para dormir con el hombre de la naturaleza o investigar con calma las causas de las cosas bajo la sombra donde sir Isaac Newton se entregaba a la contemplación, sino simplemente para entregarse a sus sentimientos. Y ha pintado tan ardientemente lo que sentía con tanta fuerza, que al interesar los corazones e inflamar la imaginación de sus lectores según la fuerza de la suya, éstos se imaginaban que convence a sus entendimientos cuando sólo sienten afinidad con un escritor poético que exhibe con habilidad objetos sensuales ensombrecidos del modo más voluptuoso o velados con gracia; y así, al hacernos sentir cuando pensamos que razonamos, la mente saca conclusiones erróneas. ¿Por qué la vida de Rousseau se dividió entre el éxtasis y la miseria? La única respuesta que se puede dar es que la efervescencia de su imaginación produjo ambas: pero si ésta hubiera podido enfriarse, quizás habría adquirido mayor fortaleza mental. Además, si el propósito de la vida es educar la parte intelectual del hombre, no hay nada que objetarle a este respecto; más aún, si la muerte no condujera a un escenario de actuación más noble, es probable que hubiera disfrutado de una felicidad más equilibrada en la vida y hubiera sentido las serenas sensaciones del hombre natural, en lugar de prepararse para otro estado de existencia nutriendo las pasiones que agitan al hombre civilizado.
Pero demos paz a sus manes. No lucho contra sus cenizas, sino contra sus opiniones. Lucho sólo contra la sensibilidad que le llevó a degradar a la mujer al hacerla esclava del amor.»[3]
Se instaura así el principio lógico de la inferencia causal, la teoría crítica feminista podríamos decir que alberga, por excelencia, la no inversión causal como criterio de conocimiento. Que no se tomen los efectos por las causas alienta los corazones modernos de las teóricas, y de algún teórico que no incurre en infracciones[4] lógicas. Así escribe D´Alembert a Rousseau:
«No examinaré, Señor, si tenéis razón al exclamar «¿dónde encontraremos una mujer atractiva y virtuosa?», como el sabio se preguntaba en otras épocas «¿dónde encontraremos una mujer fuerte?». El género humano sería muy desdichado si el objeto más digno de nuestro respeto fuera en efecto tan escaso como afirmáis. Pero si, por desgracia, tuvierais razón. ¿Cuál sería la causa de ello? La esclavitud y la degradación a que hemos reducido a las mujeres, las trabas que ponemos a su intelecto y a su corazón, la jerga fútil y humillante para ellas y para nosotros a la que hemos reducido nuestra relación con ellas como si no tuvieran una razón que cultivar o no fueran dignas de ello. Finalmente, la educación funesta, yo diría casi homicida, que les prescribimos, sin permitirles tener otra; educación en la que aprenden casi únicamente a fingir sin cesar, a ahogar todos los sentimientos, a ocultar sus opiniones y disfrazar todos sus pensamientos. Nos comportamos con su naturaleza como lo hacemos con la de nuestros jardines: tratamos de adornarla sofocándola.»[5]
Exponer minuciosamente el trabajo de deconstrucción que realizó la teoría crítica feminista desde el siglo XVIII, y sus luchas sociales, ocuparía otro artículo. Y el objetivo de éste es deconstruir las formas del patriarcado contemporáneo, para ello tengo que referirme, al menos, a los órdenes históricos formalmente alterados.
2. El problema que no tiene nombre
La ideología del amor y el discurso de la complementariedad excluían explícitamente a la mujer del concepto de ciudadanía, recluyéndola en una educación sentimental y fuera de la academia –permitiendo con su exclusión los pares dicotómicos que oponían la razón a la naturaleza, la episteme a la doxa, lo inteligible a lo sensible, lo público a lo privado–. La dominación masculina tiene que cambiar sus formas ante la lucha y vindicación feminista. El auge del sistema de producción capitalista requiere de nuestra mano de obra en el espacio público –ahora representado únicamente en el horizonte del mercado– pero es el movimiento feminista el que requiere los derechos de esas trabajadoras, igual trabajo igual salario...[6]
La primera mitad del siglo XX representa para mujeres ; las aulas de la ciencia, los derechos humanos, el sufragio universal...
Pero las resistencias patriarcales, en la primera mitad del siglo veinte, acallaban una y otra vez las conquistas espacio-temporales y la liberación simbólica de las mujeres. Se acabó la guerra y tuvimos que volver a nuestros puestos, se nos armó con lavadoras, y tuvimos que aspirar hasta la última mota de polvo, Betty Boop de asaltar trenes en marcha pasó a acunar niños en su regazo, con el agravante de una silueta requerida por lo que comenzaba a ser el patriarcado gráfico de esas postales que ilustraban los talleres, erotizaban las cabinas de los pilotos, y mantenían a nuestros hombres en pie con la ilusión de que unos buenos pechos turgentes siempre estarían al final de la batalla, la construcción de las chicas pin up plastificaba la realidad visual con una sonrisa eterna y un trasero pomposo sobre el columpio de la disponibilidad incondicional. La coyuntura exigía un útero materno y una poitrine cargada de sexo.
«El problema permaneció latente durante muchos años en la mente de las mujeres norteamericanas. Era una inquietud extraña, una sensación de disgusto, una ansiedad que ya se sentía en los Estados Unidos a mediados del siglo actual. Todas las esposas luchaban contra ella. Cuando hacían las camas, iban a la compra, comían emparedados con sus hijos o los llevaban en coche al cine los días de asueto, incluso cuando descansaban por la noche al lado de sus maridos, se hacían, con temor, esta pregunta : ¿Esto es todo?
Durante más de quince años no se dijo una palabra sobre esta ansiedad entre los millones de palabras que se escribieron acerca de la mujer en artículos de periódicos, libros y revistas especializados, cuyo objeto era sólo buscar la perfección de la mujer como esposa y madre. Repetidamente la mujer oyó la voz de la tradición y el sofisma de Freud de que una mujer no puede desear un mejor destino que la sublimación de su propia feminidad. Los especialistas en temas femeninos le explicaron la forma de atrapar a un hombre y conservarlo; cómo amamantar y vestir a un niño, cómo luchar contra las rebeldías de los adolescentes; cómo comprar una máquina lavaplatos, amasar el pan, guisar unos caracoles y construir una piscina con sus propias manos; cómo vestirse, mirar ser más femenina y dar más atractivo a la vida conyugal; cómo prolongar lo más posible la vida de su marido y evitar que sus hijos llegasen a ser unos delincuentes. A la mujer se le enseñó como compadecer a aquellas mujeres neuróticas, desgraciadas y carentes de feminidad que pretendían ser poetas, médicos o políticos. Aprendió que las mujeres verdaderamente femeninas no aspiran a seguir una carrera, a recibir una educación superior, a obtener los derechos políticos, la independencia y las oportunidades por las que habían luchado las antiguas sufragistas. (...) «Sí sólo tengo una vida, déjenme vivirla de rubia». (...) Las mujeres comían una especie de yeso llamado metrecal como todo alimento, para amoldar su talla a la de las jóvenes y delgadas modelos. Los fabricantes de ropa femenina informaron que la talla de la mujer norteamericana había disminuido en tres y cuatro puntos. (...)»[7]
Hubo que poner nombre a ese problema, que dopaba con ansiolíticos a las amas de casa. Y el hogar, sinónimo de la sociedad de bienestar, calentaba el fuego del infierno para las mujeres que tenían que sostenerlo día a día. La clase obrera, el otro pilar de la sociedad moderna, también registraba su dosis patriarcal, las marxistas no se cansaron de recordar que no podíamos esperar a solventar todas las contrarevoluciones para poder, por fin, ocuparnos, de lo que Lenin denominaba, la cuestión femenina.
La segunda ola del feminismo tiene que barrer la reacción y arremete en los años cincuenta visualizando las estructuras elementales del patriarcado coetáneo.
«Todo individuo que tiene el cuidado de justificar su existencia, la siente como una necesidad indefinida de trascenderse. Ahora bien, lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que, siendo una libertad autónoma, como todo ser humano, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como el Otro; pretenden fijarla como objeto y consagrarla a la inmanencia, puesto que su trascendencia será perpetuamente trascendida por una conciencia esencial y soberana. El drama de la mujer es ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto, que se plantea siempre como lo esencial, y las exigencias de una situación que la constituye como inesencial ¿Cómo puede cumplirse un ser humano en la condición femenina? ¿Qué caminos le están abiertos? ¿Cuáles conducen a callejones sin salida? ¿Cómo encontrar la independencia en el seno de la dependencia? ¿Qué circunstancias limitan la libertad de la mujer? ¿Pueden ellas superarlas? Éstas son cuestiones fundamentales que quisiéramos aclarar. Es decir que puesto que nos interesamos en las oportunidades del individuo, no definiremos esas oportunidades en términos de felicidad, sino en términos de libertad.»[8]
«La mujer no nace se hace» describe en términos existencialistas la construcción de género que persigue a nuestro sexo, Simone de Beauvoir representa en los años sesenta la batalla contra el rol que nos ubica en un plano de inmanencia –en lo más hondo de la caverna–, habilitando la nueva construcción que nos defina en el orden del para sí frente al en sí –ese en sí que debía cumplir sus tareas esencialistas en el ser para el otro–. Se instauran los derechos de emancipación, la independencia económica, la capacitación profesional; el sistema capitalista nos admite como fuerza de trabajo, y nosotras podemos abandonar la casa para inscribirnos en los bancos, en las escuelas, y en la fábrica. No se trata de un culto al sistema de producción, pero la relativa independencia económica nos permitirá deshacernos de las condiciones sexuales de manutención.
El espacio público, en su dimensión académica y laboral «no está vetado» a las mujeres. No está vetado formalmente, pero sigue estando vetado simbólicamente. Las mujeres siguen percibiendo menor salario, realizando trabajos tradicionalmente femeninos. La maternidad, lejos de representar derechos laborales, dado que sigue siendo condición indispensable para repoblar el planeta y en principio, ni al propio sistema capitalista, ni a los patriarcas –pues dejarían de existir– les interesa la esterilidad femenina, sigue ordenando los mercados laborales como si lo femenino ralentizase la producción. Las concesiones paritarias de iure se dictan, de facto siguen siendo excepciones. Insisto que, sin estar resuelta la distribución del espacio público independientemente de los genitales de los sujetos, podemos contar casos como el de un hospital británico que ha tenido que indemnizar a sus trabajadoras, quienes, realizando las mismas tareas que otros compañeros, reembolsaban la mitad de salario. Tras diez años de pleitos las enfermeras han percibido lo que les había sido descontado por razón de sexo. Existen por tanto coincidencias del derecho y de la realidad que solventan tales discriminaciones, no está todo recuperado, pero al menos en relación con el pasado, existe la posibilidad de denunciar la discriminación por razón de sexo. El patriarcado sigue vigente pero se reconoce formalmente su denuncia.
3. Nombrar lo innombrable
¿Qué sucede con el espacio privado? Podríamos decir en este apresurado resumen que la ideología del amor es envestida por su teórica deconstrucción. Tras tres siglos de combate, el corazón del patriarcado se ve erosionado en dos de sus arterias –la ronda de lo público y lo privado–: la fracción de los espacios es puesta en cuestión en las tierras occidentales, la emancipación intelectual y laboral consiente una dosis de libertad emocional, aunque la carga simbólica siga siendo especialmente pesada: la construcción de la subjetividad femenina en el orden relacional, articula su registro en pos de afectividad para el otro, exigiendo unos grados de empatía, que en los casos extremos de incondicionalidad ponen en peligro nuestra vida. Esto no es de extrañar si lo femenino recorre la idealización de su pasado; la narrativa infantil ilustra las noches con besos intensos que recibimos en un estado anímico muy parecido al de la muerte. Blancanieves, Cenicienta…, son despertadas de su letargo por el primer beso de amor, éste tiene lugar por parte de un príncipe cuando la afortunada duerme en sueño profundo, estado caracterizado por la somnolencia de todos los sentidos –los sensibles y los ¡inteligibles!–. La peculiaridad del sujeto en las oraciones pasivas es ser un sujeto que padece la acción, nos explicaban en primaria, y un sujeto pasivo a fuerza de no ser activo se convierte en lo que define la falta de acción y subjetividad, a saber, la pasividad de los objetos. Un sujeto, que como tal ha de entenderse como un objeto, padece cierta disfuncionalidad, lo mismo que el sujeto que en lugar de tratar con sujetos, incurre en vérselas con objetos, generando de igual modo disfunciones en el otro y en él mismo
¿Qué nos facilita el feminismo? ¡La distinción entre vigilia y sueño!, ni más ni menos. El tener que vérselas con la vida en tanto que objetos dificulta la dimensión de la vida en tanto que persona, a saber, en tanto que ser racional. Si de la disposición racional se deduce la toma de decisiones, el feminismo recupera el tratado kantiano de la razón para toda la especie humana indistintamente de su sexo.[9]
Recorrer toda la calle, con los ojos morados, subir una cuesta y alcanzar la comisaría ya no es absolutamente en balde, desde el momento en que la relación matrimonial con el agresor no resulta un eximente para él. La punta del iceberg de la pirámide estructural de la violencia contra las mujeres constituye un delito, las leyes deben dejar de amparar a la violencia bajo los rótulos de lo personal y de las relaciones familiares.[10]
Pero efectivamente es toda una pirámide y la exteriorización física de la violencia es la cima. La gravedad del asunto habita en la violencia invisible, en la estructura simbólica que sigue ordenando prescripciones de género con tanta rigidez que su incumplimiento asegura reprobación social y personal, la misma violencia que nos exige incondicionalidad en el amor, la misma violencia que nos exige con exclusividad unos mandatos maternales y de cuidado, la misma violencia que nos exige una talla treinta y cuatro, la misma violencia que traduce las dimensiones de un cuerpo en responsabilidad directa de su dueña, la misma violencia que agolpa los cinco dedos de los pies en el espacio de tres, la misma violencia que implica el tener que reírse de un chiste machista que ha dejado de hacernos gracia desde los catorce años, la misma violencia que convierte un no en un sí seductor.
Dolencias corporales y anímicas que nos retrotraen al los orígenes de la lucha, pero podemos nombrar la punta de la pirámide. Podemos denunciar una agresión, de iure la ley registra y nombra dicha violencia. El patriarcado sigue igualmente vigente, pero se reconoce formalmente su denuncia. Sigue igualmente vigente, por que todo problema estructural para su solución requiere de la visibilización de la estructura. Son necesarios, pero no suficientes los recursos que los Estados ofrecen a las víctimas. Un estado de dominación masculina no se resuelve con algunas sentencias, sigue siendo necesario un proceso de socialización que deshabilite las relaciones desiguales en las que se ven inmersos los sexos, y, a saber, las reacciones patriarcales ante la independencia social del colectivo de mujeres.
Pese a las puntualizaciones señaladas respecto a los grados de liberación que acusan las mujeres en el momento actual, las tradicionales formas encargadas de la producción patriarcal, «dejan algo que desear» en el Occidente desarrollado.
La exclusión institucional de las mujeres en los espacios públicos –en las articulaciones de la polis–, y los contratos sexuales del matrimonio –en las relaciones personales– no producen excedentes patriarcales con la misma facilidad que antes, siguen siendo estructuras patriarcales pero no funcionan igual de bien. La búsqueda de la perpetuación patriarcal supone la construcción de una máquina potente que produzca las veinticuatro horas. Esa máquina será, más que nunca, nuestro cuerpo, nuestro cuerpo colonizado una y otra vez, en todas sus concavidades por el rótulo de SEXO. La mercancía producida por lo tanto será cuerpo femenino sexualizado que en las condiciones estructurales del patriarcado es la mercancía que produce plushonor, a saber, excedente patriarcal. La fábrica más potente al respecto, será, más que nunca, la prostitución –puesto que reproduce las propias condiciones estructurales del patriarcado–.
La búsqueda de la fábrica patriarcal instaura, en el feminismo, la búsqueda de las condiciones que posibiliten tal fenómeno.
4. La sexualización del cuerpo femenino
Así expone su tesis Kathleen Barry, feminista radical[11] norteamericana:
«Hoy día, en Estados Unidos, el patriarcado de la familia no puede seguir sosteniendo con eficacia el control sobre las mujeres. La dominación privatizada, cuando el patriarcado crece en torno al matrimonio y la familia, ha perdido su fuerza porque un gran número de mujeres ha accedido a la esfera pública y ha podido ejercer su independencia económica. Las leyes matrimoniales han cambiado hasta el punto de que en la mayoría de los estados las mujeres casadas, en un sentido técnico, ya no son propiedad legal de sus maridos. Pero esto no disminuye la incidencia de los abusos sobre las esposas. Sin embargo, ha aumentado la condición de pobreza de las mujeres conforme éstas han ido perdiendo más en las sentencias de divorcio. Y aun así, la familia no es la fuente del control total sobre las mujeres. El poder patriarcal no pierde su fuerza bajo cambios de condiciones estructurales y económicas. Más bien, recompone la opresión y dirige la explotación con más precisión. La privatización de las mujeres no puede asegurarse por más tiempo mediante la dominación patriarcal que ejerce el matrimonio. La familia se ha visto demasiado expuesta al ámbito público como para ser el lugar del control total sobre las mujeres que caracteriza a las relaciones patriarcales de poder. El cuerpo se ha convertido en el terreno de la dominación, pero no lo ha hecho reemplazando al matrimonio o la familia como lugares de opresión patriarcal sino operando como un terreno que cubre todas las otras condiciones. El cuerpo del que hablo es el de la mujer sexualizada. Pues, incluso cuando obtengamos derechos para el aborto libre, y ahora, con el control reproductivo que han obtenido las mujeres y con la libertad sexual de los hombres que han hecho posible las lesbianas, la mujer sexualizada, el modelo pornográfico, la reducción de todas las mujeres a la «puta»[12], es el último estado de la dominación patriarcal.
Dicho en dos palabras: sostengo que en patriarcados donde el matrimonio y la familia son aún condiciones seguras para que los hombres controlen a las mujeres, la sexualización de las mujeres, tal y como la he descrito para el caso de Estados Unidos, está aún por producirse. La construcción político – social de la deshumanización sexual no es necesaria en muchos países porque la familia es aún el centro firme del control de las mujeres. La hegemonía de Estados Unidos en el mundo actual asegura que lo que el patriarcado estadounidense nos hace a nosotras, las mujeres estadounidenses y, por extensión, a las europeas y las del Oeste, se construya como un modelo de desarrollo.»
¿Qué quiero decir con esto?, ¿que la prostitución es un fenómeno nuevo, que no ha existido más que ahora, en este auge capitalista?, ¿que antes, en mis ensoñaciones feministas, no había mujeres prostituídas, en Grecia –las hetairas–, en el Imperio Romano, en el Otomano, en las cruzadas cristianas, en las colonizaciones sexuales que inauguran la Modernidad en el Nuevo Mundo, en los harenes islamistas, en las geishas asiáticas, que Madame Butterfly no era una más entre un millón? ¿Que no somos el paso de la naturaleza a la cultura –como cuenta acríticamente Lévi Strauss– sin sacar conclusiones de ningún tipo? ¿Que no somos todas putas?
Evidentemente la construcción de los cuerpos ha sido el pilar de las sociedades patriarcales, pero ahora, más que nunca cuando determinadas plataformas resultan obsoletas en Occidente, cuando por fin nosotras decidimos nuestras relaciones sexuales, cuando somos sujetos activos en dichas relaciones, cuando podemos disfrutar del hacer y que nos hagan, cuando podría establecerse una relación libre, la categoría de un sexo libre –entre sujetos del mismo sexo o de distintos sexos–, fruto de elecciones y no de determinaciones opusinas, entonces tenemos la conversión de la potencia al acto puro, ¿podemos ser sexo? ¡Seámoslo todo el tiempo! Esencia y existencia todo en uno - como diría Tomás de Aquino del ser supremo - el cuerpo femenino encarnando la ontosexología, todo el rato siendo, pero para ser/existir, hay que ser dios, hay que ser sexo. Y el cuerpo femenino que no lo sea, tendrá un poco difícil lo de existir.
¿Queríamos sexo? Pues ahora todo es sexo.
Pero si todo es sexo nada es sexo. Es decir si todo es carne como la orgía que proponen los Mc Donalds nada es carne.
Que Platón supusiese el fin de la poesía es una hipocresía posmoderna, ¡que Platón quisiese abolir la poesía! Es no haber entendido nada de la historia de la filosofía. ¿O en realidad, para salvar la poesía, consagró toda una vida a establecer oposiciones reales que no convirtiesen todo en una nada nihilista?
5. El trabajo de las determinaciones
«En la urgente adaptación a las nuevas condiciones de su existencia, la mujer se apodera y asimila, frecuentemente sin someterlas a ninguna crítica, verdades propiamente masculinas que luego, examinadas más detenidamente, son sólo verdades para la clase burguesa»[13]
Intentemos no perdernos ante las múltiples coyunturas que aparecen en la exposición del patriarcado contemporáneo: la dominación masculina escenificada brutalmente como dominación sexual.
«La dominación de las mujeres está políticamente dirigida a lo que es específica y psicológicamente femenino: la sexualidad y la reproducción de las mujeres se construyen social y políticamente como inferiores. Al tiempo que las mujeres son víctimas de la discriminación política, legal y económica, esta condición se basa en una condición previa de explotación que tiene lugar sobre, en, y a través de los cuerpos de las mujeres, en la sexualidad y en la reproducción. La opresión de las mujeres implica, políticamente, algo que no se encuentra en ninguna otra condición –la construcción social del cuerpo humano sexualizado–: la opresión abarca desde las formas de objetivación hasta la violencia, pero es una explotación que se introduce en los cuerpos de las mujeres, por la vagina, por el recto, por la boca y en el útero. (...) Este sexo socialmente construido se define como femenino y se reduce al cuerpo de la mujer. La prostitución es la quintaesencia de la sexualización de las mujeres porque en ella los cuerpos femeninos, sexualizados por la sociedad como lo son todos los cuerpos femeninos, sólo necesitan estar presentes y disponibles para actuar sobre ellos con el fin de producir sexo: en este caso, placer sexual, alivio, fantasía para el que paga. »[14]
A partir de los años ochenta se produce la puesta en escena del comercio sexual como puesta en escena de la prostitución en nuestra sociedad del espectáculo.
Para llegar a la superproducción industrializada del sexo, fruto del reformismo burgués, hay que exponer brevemente la lucha de los movimientos de mujeres para abolir las leyes reglamentaristas. Como las acciones políticas protagonizadas por Josephine Butler, quien consiguió, en 1880, la adhesión de protestantes y sindicatos, propiciando la abolición en 1886. A lo largo de la primera mitad del siglo XX se sucedieron distintos convenios internacionales, hasta el Convenio del año 49.
El Convenio de Naciones Unidas de 1949 prescribe como delito el consumo y el comercio de mujeres para fines sexuales independientemente de que se testifique una situación forzada o no, se entiende que las personas traficadas no están en una situación que las permita denunciar su esclavitud, si así fuese, evidentemente, no serían mujeres traficadas.
« (...) El contenido de los artículos 1 y 2 del convenio, están dedicados a fijar las conductas del proxenetismo que han de ser sancionadas penalmente por los Estados firmantes. Señala el Convenio:
Artículo 1º «las partes en el presente Convenio se comprometen a castigar toda persona que, para satisfacer las pasiones de otra:
1. Concertare la prostitución de otra persona, la indujere a la prostitución o la corrompiere con objeto de prostituirla, aún con el consentimiento de tal persona.
2. Explotare la prostitución de otra persona, aún con el consentimiento de tal persona».
Artículo 2º.-«Las partes en el presente Convenio se comprometen así mismo a castigar a toda persona que
1. Mantuviere una casa de prostitución, la administrase o a sabiendas la sostuviere o participare en su financiamiento.
2. Diere o tomare a sabiendas, en arrendamiento, un edificio u otro local, o cualquier parte de los mismos para explotar la prostitución ajena».
La lectura de los artículos evidencia las ideas básicas que contiene: a) que la previsión punitiva está prevista exclusivamente para los terceros que se benefician de la prostitución ajena; b) que el reproche penal para el proxeneta se produce medie o no el consentimiento de la persona prostituida, o dicho de otra manera, obtener beneficios de la prostitución está sancionado en todos los casos; c) que la minoría o mayoría de edad de la persona prostituida es indiferente para la sanción penal de quienes explotan la prostitución ajena.
El artículo 6 del Convenio prohíbe el control o identificación de las personas prostituidas al establecer que: «Cada una de las partes en el presente Convenio conviene en adoptar todas las medidas necesarias para derogar o abolir cualquier ley, reglamento o disposición administrativa vigente, en virtud de la cual las personas dedicadas a la prostitución o de quienes se sospeche que se dedican a ella, tengan que inscribirse en un registro especial, que poseer un documento especial o cumplir algún requisito excepcional para fines de vigilancia o notificación»
El artículo 16 establece que los Estados parte deben adoptar medidas para la prevención de la prostitución y para la rehabilitación de las personas supervivientes de la prostitución, implantando servicios públicos o privados de carácter educativo, sanitario, social, económico y otros servicios conexos.
El artículo 17 prevé medidas de protección y prevención para las personas inmigrantes, dirigidas a combatir el tráfico de personas para fines de prostitución, entre las que se encuentra la publicidad en los países de origen acerca del peligro de la trata.
Por su parte, el artículo 22 fija los mecanismos de resolución de las controversias que pudieran surgir en la interpretación y aplicación del Convenio estableciendo que cualquiera de las partes podrá someter la cuestión a la Corte Internacional de Justicia.»[15]
A partir de los años noventa, casi ningún país ratifica ya dicho convenio, España reforma el Código Penal en el año 1995 e incluye la distinción de prostitución forzosa o voluntaria, liberando a esta última de una tipificación de delito, se alega el derecho a la libre asociación y la iniciativa privada, el proxenetismo es válido si no emplea medidas coercitivas. Nuestro país se convierte en el lugar paradisíaco para el negocio del sexo.
«Se calcula que en España existen unas 300.000 prostitutas, y que cuatro de cada diez españoles han recurrido al menos una vez a la prostitución. Es un fenómeno que sólo entre Madrid y Barcelona mueve más de 30 millones de euros al año."[16]
Estos datos engloban dos líneas de análisis; la violencia patriarcal nutrida gracias a la violencia capitalista: los hombres demandan cuerpos de mujeres, y las condiciones económicas de las mujeres extracomunitarias nutren el mercado. El solapamiento de la estructura capital y la estructura patriarcado, dificulta una vez más la esterilización de las condiciones de posibilidad de la dominación masculina.
Estas líneas de análisis se diluyen en el debate que enfrenta actualmente al movimiento feminista. Una posible manera de no diluirlas, de no perder de vista la cuestión de género, es analizar los argumentos que esgrimen las tesis reglamentaristas y abolicionistas dentro del feminismo.
1) La legalización/reglamentación de la prostitución argumenta tres reivindicaciones:
a) La prostitución es un trabajo. Es un trabajo como otro cualquiera, y como tal, debe ser regulado, gozando de derechos y deberes, vendría a ampliar el estatuto de los trabajadores, incluyendo una nueva profesión consistente en prestar «servicios sexuales» remuneradamente. La remuneración convierte esta «prestación» en un trabajo como otro cualquiera. La corriente feminista –que dando voz a un colectivo de prostitutas– aboga por esta solución, frente a la proliferación de la industria del sexo, nutrida gracias a la pauperización del colectivo de mujeres, defiende mejoras laborales, atención sanitaria y la posibilidad de institucionalizar un trabajo «tradicionalmente» femenino en donde el salario sea más cuantioso en comparación con otros trabajos «tradicionalmente» femeninos, como cuidar ancianos, limpiar casas, o cuidar niños. Podríamos afirmar un argumento claramente cuantitativo en este punto, compartido por marxistas y feministas.
«El informe sobre la salud de la población marginal de Barcelona, en 1999, nos muestra las prostitutas que trabajan en la calle como el sector más desfavorecido en un conjunto de indicadores: son las que viven solas con mayor frecuencia (el 31%, mientras que están en esta situación el 16% de las inmigrantes y el 22% de las toxicómanas), tienen los más bajos niveles de estudios, tienen menor apoyo económico familiar, presentan mayores deterioros en la salud que los otros grupos analizados ( son las que padecen más de problemas de espalda, de dolores de cabeza y trastornos circulatorios y las que tienen peor salud mental; mientras que son superadas por las toxicómanas en trastornos nerviosos y depresiones) y tienen también altos índices de consumo de productos tóxicos, como tabaco, alcohol, y marihuana. Pese a estos indicadores, es el colectivo marginal que menos acude a la atención sanitaria pública. Resumiendo, se puede decir que es el grupo que se encuentra peor y el que demanda menos a los servicios públicos de salud. Independientemente del hecho que un trabajo sobre una muestra pequeña (19 travestis y 42 prostitutas) es difícil de generalizar, nos indica sin embargo algunas tendencias generales que señalan a las trabajadoras sexuales de la calle como un colectivo especialmente desfavorecido. Esta situación no se relaciona con sus niveles de ingresos, pues las dos terceras partes de las entrevistadas tienen ingresos superiores al salario mínimo y un tercio supera las 200.000 Ptas. mensuales. Esta información sobre el buen nivel de los ingresos de las prostitutas es confirmada por otras investigaciones, como la de Pons (1992, quien llega a preguntarse por qué no entran más mujeres en ese sector, ya que las condiciones de trabajo son, en algunos aspectos, más ventajosas que las que se logran en otras tareas) en Asturias. De este modo, el colectivo de trabajadoras sexuales presenta algunos problemas en su análisis, difícil de resolver desde los modelos tradicionales, que tienden a hacer depender la exclusión social de la marginación económica. En este caso, todo sucede como si la sociedad ejerciera un plus de discriminación y desvalorización (que termina siendo interiorizado por las propias afectadas, como autodesvalorización) como una forma de desalentar una opción laboral, que en sí misma no sería forzosamente desventajosa».[17]
Estos datos no aclaran el tiempo dedicado, o el número de servicios que corresponderían a dicho salario. La estimación de esta cuantiosa fuente de ingresos presupone la desaparición de figuras intermediarias, como la del proxeneta. Y los reembolsos altamente significativos responderán necesariamente a la desaparición del intermediario, o a la prostitución de lujo, fenómeno distinto a la prostitución de calle o de clubes de carretera.
b) La reglamentación laboral entiende que la legalización acabará con este atractivo negocio para los ojos y bolsillos de los proxenetas que empleen la violencia.[18]
«Mediante esta actividad, importantes cantidades de dinero cambian de mano, en una corriente de transferencia de recursos que permite a las mujeres que tienen pocas posibilidades competir con éxito en las vías consideradas legítimas, participar en las riquezas generadas socialmente. En la medida en que la actividad resulta rentable, atrae también a gran número de intermediarios y aprovechadores que tratan de canalizar en su propio beneficio esta fuente de recursos, por lo que es necesario arbitrar medidas de defensa de las prostitutas como en el caso de cualquier otra actividad, evitando la explotación y el maltrato».[19]
c) La prostitución emancipa sexualmente a las mujeres. Este sería el otro argumento que aúna la pretensión feminista de la reglamentación y a parte del marxismo contemporáneo. Se quiere luchar contra la estigmatización que sufren las prostitutas, y la solución es la misma prostitución. Aquí los argumentos podrían resumirse en dos: la alternativa al matrimonio –en donde muchas mujeres tienen que soportar determinadas relaciones no deseadas de manera gratuita–, sería una compensación económica, en donde las mujeres no harán nada que se deduzca de su rol de género, de manera gratuita, sino, a saber, harán eso mismo pero de manera remunerada. Esta alternativa se refuerza con las propuestas postmodernas de empoderamiento de las mujeres, invitando a performances empíricas en donde la prostituta acumula poder a través de sus clientes, decidiendo el intercambio sexual[20], poniendo las bases del contrato sexual. El resultado sería subvertir el orden patriarcal a través de una institución patriarcal como es la prostitución. La prostituta no deja de cumplir con su mandato de género impregnado en su sexo por parte de una sexualidad masculina, pero invita a un imaginario colectivo en donde desfilan las películas de Almodóvar, las canciones de Sábina, o:
«Cobramos la entrega en especies: nos pagan con dinero o con honra matrimonial, a veces con ambas cosas. Necesitamos ser compradas. Pero Naná no sólo recibe: expulsa. También ella usa y descarta, por eso es fascinante y aterradora. Provoca un codicioso desprecio, una avidez sumisa. Ella puede dejar cualquier amante en cinco minutos: la paga que le dan no obliga a más. Las esposas quedan presas de la cadena que hila su propia rueca.»[21]
2) La abolición de las condiciones que configuran el fenómeno de la prostitución: El punto de partida que reconciliaría a reglamentaristas y abolicionistas sería la preocupación por la condición de las mujeres prostituidas, las condiciones económicas que acusan su supervivencia en la prostitución, y el fin de un estado de esclavitud sexual. Ahora bien, las similitudes se disuelven en el momento en que las reglamentaristas esgrimen la teoría de las voluntades y la liberación sexual, distinguiendo entre prostitución forzosa y no forzosa. La teoría abolicionista, dando voz a la mayoría de las mujeres prostitutas, y desde un pensamiento crítico deconstruye tal distinción.
Voy a intentar exponer dicha deconstrucción: Imaginemos que centramos el análisis en la prostitución no forzosa y admitamos tal distinción. Expongamos, a partir de dicha hipótesis, la articulación de una ley reglamentarista, según sus propias tesis:
a) ¿La prostitución es un trabajo? Las tesis reglamentaristas sostienen que la marginalización del oficio proviene de la estigmatización social que condena al mismo. La reglamentación trabaja por dicha desestigmatización, dicho trabajo abarca desde publicaciones de ensayos –sociológicos, antropológicos–, cuentos infantiles, foros de debate, comparecencias en los medios de comunicación, o manifestaciones en la calle. La carga simbólica de la prostitución respondería a una falsa moral que juzga a la prostituta. La reglamentación supondría la aceptación social de un servicio sexual a cambio de dinero, se trataría de un proceso de socialización en donde la aceptación de la venta de los cuerpos regularía este trabajo, permitiendo su reconocimiento social, derechos laborales y sanidad pública. Y la no distinción entre trabajos como el cuidado a niños, o ancianos, tradicionalmente trabajos femeninos, junto con el de la prostitución, igualmente femenino. Una optimatización de los recursos económicos haría que muchas mujeres prefiriesen este trabajo femenino, frente a otros igualmente femeninos.
¿Por qué no se sostiene este argumento desde el feminismo?
El pensamiento crítico responde históricamente a este argumento:
Desde las filas del marxismo, el feminismo ha sostenido una batalla contra las distintas formas de la dominación masculina, y nunca se detuvo ante la dominación sexual que constituye la prostitución. Aún no terminamos de entender los argumentos contemporáneos que se dicen a sí mismos feministas y marxistas, y no sólo defienden, sino que convierten en su caballo de batalla la legalización de la prostitución.
En los años de la revolución el feminismo marxista concebía la prostitución como la expresión de la dominación sexual. La disputa, en todo caso, era entre la corriente ortodoxa que negaba la posibilidad de un comunismo patriarcal en tanto que éste, por su propia definición, consistía en la ausencia de propiedad privada, y el feminismo que reconocía la independencia de las dos estructuras –capital y patriarcado– e insistía en que el final del capitalismo no aseguraba el fin de la dominación masculina, los ejércitos rojos tenían en común con el resto de los ejércitos sus burdeles[22].
« XVI. SE ACABARÁ PARA SIEMPRE CON LA PROSTITUCIÓN:
Esta vergüenza se la debemos al sistema económico hoy en vigor, a la existencia de la propiedad privada. Una vez haya desaparecido la propiedad privada desaparecerá automáticamente el comercio de la mujer. Por lo tanto, la mujer de la clase trabajadora debe dejar de preocuparse porque esté llamada a desaparecer la familia tal y conforme está constituida en la actualidad. Sería mucho mejor que saludaran con alegría la aurora de una nueva sociedad, que liberará a la mujer de la servidumbre doméstica, que aliviará la carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que, finalmente, veremos desaparecer la más terrible de las maldiciones que pesan sobre la mujer: la prostitución.»[23]
Pese a las diferencias pertinentes, las feministas marxistas que lucharon por el fin de la familia como centro neurálgico para la mujer, contra la feminización del espacio doméstico y de la maternidad, nunca cesaron su lucha ante el fenómeno de la prostitución y mucho menos consideraron que fuese una posibilidad liberadora frente al matrimonio burgués, sino más bien la otra cara de la misma moneda, como expondré más adelante.
La izquierda libertaria: las anarquistas también reconocieron en la prostitución la más ignominiosa de las opresiones por razón de sexo. La educación, arma combativa para las anarquistas libertarias, igualaba a los sexos en su formación e insistía, ya en los años treinta, en términos, que hasta hace bien poco nuestra historia silenciaba, como el de coeducación: no sólo se requería una educación mixta sino una educación que compartiese los mismos valores, y que no hubiese distinción de roles de género, para ello es obvio que la demanda por parte de los hombres de cuerpos como mercancía sexual escapaba por completo a las intenciones revolucionarias de las anarquistas.
«Liberatorios de Prostitución: La empresa más urgente a realizar en la nueva estructura social es la de suprimir la prostitución. Antes de ocuparnos de la economía o de la enseñanza, desde ahora mismo, en plena lucha antifascista aún, tenemos que acabar radicalmente con esta degradación social. No podemos pensar en la producción, en el trabajo, en ninguna clase de justicia, mientras quede en pie la mayor de las esclavitudes: la que incapacita para todo vivir digno. (...) Con esto hay que acabar rápidamente. Y ha de ser España la que dé la norma al mundo. Todas las mujeres españolas habremos de ponernos ahora mismo a esta empresa liberadora. Ninguna farsa más de ligas y discurso «contra la trata de blancas». No más sombríos conventos de arrepentidas. No más pasivas conmiseraciones de mujeres distantes. No es problema de ellas, sino nuestro, de todas las mujeres y de todos los hombres. Mientras él exista no se podrá llegar a la sinceridad en el amor, en el afecto , en la amistad, en la camaradería. Hay que hacer enseguida lo que no hicieron nunca asociaciones femeninas que han pretendido emancipar a la mujer organizando algunas conferencias amenas, algunos recitales de elegantes poetas y poetisas, preparando algunas mecanógrafas.
MUJERES LIBRES está organizando liberatorios de prostitución. (...), en ellos se desarrollará el siguiente plan: 1º investigación y tratamiento médico-psiquiátricos. 2º Curación psicológica y ética para fomentar en las alumnas un sentido de responsabilidad.3º Orientación y capacitación profesional. 4º Ayuda moral y material en cualquier momento que les sea necesaria, aún después de haberse independizado de los liberatorios.
Esperamos que todas las organizaciones obreras, asociaciones femeninas, partidos políticos y todas las mujeres y los hombres conscientes colaboren en esta obra, en la que MUJERES LIBRES pone todo su entusiasmo emancipador y constructivo.»[24]
Parece ser que en los años treinta las acciones revolucionarias podían permitirse el combate contra el patriarcado sin tener que lidiar con argumentos derivados, como la trata de blancas, las anarquistas de los años treinta reconocían el estado de dominación que implicaba la prostitución.
«En el año 1855 el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos, el demócrata Franklin Pierce, propuso a los Duwamish que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva. Los indios no entendieron esto ¿cómo se podía comprar y vender la Tierra?
Así respondieron los indios: Consideraremos la posibilidad de que el hombre blanco nos compre nuestra Tierra Pero mi pueblo pregunta: ¿qué es lo que quiere comprar el Cielo, o el calor de la Tierra, o la velocidad del antílope? ¿Cómo vamos a venderos esas cosas y cómo vais a poder comprarlas? ¿Es que, acaso, podréis hacer con la Tierra lo que queráis, sólo porque un Piel Roja firme un pedazo de papel y se lo dé al hombre blanco? Si nosotros no poseemos el frescor del aire, ni el brillo del agua, ¿cómo vais a poder comprárnoslo? ¿Es que, acaso, podéis comprar los búfalos cuando ya habéis matado al último? Consideramos vuestra oferta. Sabemos que si no os la vendemos, vendrá el hombre blanco y se apoderará de nuestra Tierra. Pero nosotros somos unos salvajes.»[25]
A lo mejor resulta que ha llegado el momento de reivindicar nuestra condición de salvajes. Reivindicar el derecho a la extrañeza, a lo mejor todavía podemos, y debemos, seguir asombrándonos cuando no entendemos muy bien lo que se nos dice, y lejos de establecer analogías esencialistas entre las tierras y las mujeres –nada más lejos de nuestra intención–, reivindicamos el derecho a no entender: que de hecho los hombres compren cuerpos de mujeres en un estado patriarcal, es algo muy distinto a reivindicar el derecho que tienen las mujeres a vender sus cuerpos, la subversión del primer hecho no se consigue con el derecho de las mujeres a vender sus cuerpos sino cuestionando el supuesto derecho de los hombres a comprarlos. O por lo menos ésta ha sido tradicionalmente la lógica marxista y feminista.
Parece que todo está perdido. Si no nos queda la diferencia entre un liberal y un no liberal, realmente estará todo perdido.
«Tal era precisamente lo que ocurría en un sistema de mercado. Del hombre (bajo el nombre de trabajo) y de la naturaleza (bajo el nombre de tierra) se hacían mercancías disponibles, cosas listas para negociar, que podían ser compradas, y vendidas en todas partes a un precio denominado renta o arrendamiento, en lo que se refiere a la tierra. Existía un mercado tanto para el trabajo como para la tierra, y la oferta y la demanda quedaban reguladas en cada caso por el nivel de salarios y de rentas respectivamente; la ficción de que el trabajo y la tierra eran productos para la venta se mantenía constante.
(...) Ahora bien, mientras que la producción podía en teoría organizarse de este modo, la ficción de la mercancía implicaba el olvido de que abandonar el destino del suelo y de los hombres a las leyes del mercado equivalía a aniquilarlos.»[26]
La propuesta de la performance posmoderna sería ficcionar los intercambios sexuales, pero debiéramos tener cuidado no vaya a ser que la ficción ficcionada sobre el olvido de otra ficción, al final nos dé, de bruces, con la cruda realidad.
Si el marxismo y el feminismo se han caracterizado, y caracterizan, por algo, ha de ser por la resistencia al olvido estructural, sólo esta resistencia nos hará libres. No podemos sustituirla por una ficción erótico festiva.
El Feminismo radical denuncia la colonización sexual que supone la conversión del cuerpo femenino en cuerpo sexualizado, la proliferación de la industria del sexo lejos de ampliar nuestras posibilidades laborales, las reduce a una y la misma: lo femenino.
Lo femenino es expuesto por definición histórica a dosis de violencia, la historia de la trasgresión masculina es tan triste como la fantasía de producir violencia en lo femenino ¿Cuál es el lugar ideal en donde uno cree transgredir las normas? El cuerpo de las mujeres. Insisto en la tristeza del asunto en tanto que la trasgresión de las normas cumple tan rigurosamente las normas de la trasgresión como las novelas tediosas de Henry Miller[27] en donde por mucho que avances en su lectura nunca consigues sorprenderte ante nada que no sea la mayor moral puritana que insiste en concebir lo erótico como algo degradado y ridículo.
«La esclavitud sexual se da en TODAS las situaciones en que una mujer o una niña no pueden cambiar las condiciones inmediatas de su existencia, al margen de cómo llegaron a esa situación de la cual no pueden salir y del lugar donde sean sometidas a la violencia y la explotación sexuales. (...) Uno de los hallazgos más importantes de este estudio sobre la esclavitud sexual femenina es que el paradigma de la violación, la política sexual de la violación, constituyen el contexto social y político en que las víctimas son sexualmente esclavizadas. La experiencia de la víctima de una violación es, en esencia, la experiencia de todas las mujeres víctimas de violencia sexual en cuanto a la forma en que reacciona todo el orden social ante su experiencia y la forma en que esta experiencia es tratada. Al reconocer la comunidad de experiencia de las mujeres en la esclavitud sexual femenina, rompemos con la inveterada separación de las mujeres en las categorías, competitivas e incompatibles, de mujer pura y prostituta, y nos permite entender que la «víctima», también puede ser la prostituta, la mujer golpeada, la niña incestuosamente agredida, la mujer velada, la novia comprada.»[28]
La teoría feminista a partir de los años sesenta sufre una clara división teórica, surge en Francia a partir de las interpretaciones psicoanalíticas de grupos lacanianos y a través de los trabajos de Irigaray, una corriente que se ha dado en llamar el feminismo de la diferencia. En Italia se recoge este trabajo de la mano de Luisa Muraro y en torno a la Librería de Mujeres de Milán, y en España a través de los estudios de DUODA a cargo de Milagros Rivera. Las tesis de la diferencia se distancian del feminismo ilustrado nutriendo –los debates entre ambas corrientes– los anales del feminismo. Pero es importante señalar cómo se hermanan[29] ante el fenómeno de la prostitución:
«La última consigna de nuestra gazmoñería es: prostitutas autoorganizadas. No me equivoco, no es la última sino la penúltima; porque la última, no pronunciada todavía, se perfila ya: normalización fiscal. La prostituta que paga impuestos es la figura del orden burgués, cumplidamente realizado, y en cuanto tal, merecería un lugar en la Fenomenología del espíritu.
El horror femenino hacia la prostitución tiene un motivo preciso aunque nunca dicho hasta ahora; es que la prostitución es, para un número no calculable de mujeres del que no hay que excluir a las que se prostituyen, una caricatura de la disponibilidad femenina a lo otro; disponibilidad que una mujer encuentra inscrita en su cuerpo por la fisiología de la maternidad y luego traducida en su alma por la intimidad con la madre, que es el privilegio de la hija. Una caricatura he dicho, porque hay otras, pero ésta es la más literal, la más cercana a la verdad y, por ello, la más inquietante y obscena.»[30]
Marcela Lagarde, feminista mexicana, histórica en su lucha por los derechos de las mujeres, se presenta como diputada independiente en el Parlamento Mexicano, y consigue ser nombrada dirigente de la Comisión que investiga los feminicidios de Ciudad Juárez. Lagarde no se cansa de denunciar que las desaparecidas, cuyos cadáveres no se encontraron, han pasado a abastecer la demanda de las rutas del tráfico de mujeres para su explotación sexual.
Después de lo expuesto, ahora estamos en disposición de volver a preguntarnos: ¿la prostitución es un trabajo? No nos queda más remedio que contestar que no. Y a la defensa del no, no nos obliga la estigmatización social, como proponen las reglamentaristas, sino la totalidad del movimiento feminista, el compromiso con el colectivo de las mujeres, y el derecho de las mujeres a no ser prostituidas.
Y en todo caso habrá que luchar contra las estigmatizaciones, por supuesto, contra la femenina que la reduce a la condición de sexo, pero sobre todo con la estigmatización masculina que la erige con derechos corporales hacia nosotras. Nunca el derrocamiento de la estigmatización que pesa sobre las mujeres nos va a llevar a defender la prostitución como una forma de trabajo más, sino que no cesaremos de luchar hasta que derroquemos los roles masculinos que denominan a la producción de plushonor trabajo. El recuerdo de la estructura no nos lo permite. Sinceramente, no creemos que el problema dependa de la estigmatización de pequeñas viciosas[31] sino de mayores, numerosos y pudientes viciosos.
b) ¿La legalización acabaría con el proxenetismo coercitivo? Las tesis reglamentaristas, sostienen que la legalización de la prostitución acabará con el proxenetismo coercitivo, como comentábamos anteriormente. La lucha de las tesis abolicionistas es evidenciar las consecuencias de la legalización para las mujeres prostituidas.
«(...)En efecto, mientras que antes del Código de 1995 estaban penalizadas todas las modalidades de proxenetismo, mediare o no el consentimiento de la persona prostituida, el artículo 188 del Código Penal, conforme a su redacción originaria, sólo penalizó el proxenetismo coercitivo, es decir, la utilización de medios coercitivos: coacción, fuerza física, abuso de situación de vulnerabilidad. El cambio, en el sistema penal ha tenido consecuencias visibles: hemos pasado de ser un país de tránsito a ser un país de destino; el proxenetismo al no estar penalizado se ha estructurado y organizado legal y efizcamente; los proxenetas has pasado de ser designados como delincuentes a ser empresarios del sexo; las mujeres traficadas han de acreditar los medios coercitivos sufridos, ante las exigencias del tipo penal, lo que acentúa su vulnerabilidad al descansar sobre ellas la carga de la prueba.»[32]
Esta reforma progresista!? legaliza la especulación de cuerpos de mujeres. El mercado de la carne tiene carta blanca y sus mercaderes serán oficialmente grandes gestores.
«La prostitución en el Estado español está controlada por los llamados «10 hombres fuertes» que entre todos suman más de 100 macro-locales de prostitución. En general, se calcula que a éstos se les debe sumar unos 400 «minoristas» declarados. Las cifras son mucho mayores, ya que los cálculos hechos por la Generalita de Cataluña recientemente han cesado en 450 los locales de alterne, sólo dentro de su Comunidad Autónoma ( la Guardia Civil estima que probablemente son más). En el ámbito de la Comunidad de Madrid rondamos igualmente el medio millar de locales dedicados a algún tipo de prostitución. Esta cifra se incrementa si tenemos en cuenta que la prostitución de calles está relacionada con los negocios de alquiler de habitaciones y apartamentos, en pensiones y hoteles y que también hay que sumar aquellas que ejercen en pisos propios o bien pisos de proxenetas. Así la cifra puede llegar fácilmente a los 700 establecimientos, aunque sólo comprende la prostitución abierta y semi–abierta.»[33]
Estos datos son publicados en el 2002, los tres años transcurridos hasta el 2005 incrementan considerablemente las cifras.
El mismo informe arroja los siguientes datos sobre prostitución de menores:
El origen de los/as menores traficados con fines de explotación sexual en la Unión Europea, según la OIM; Trata de Migrantes, n.º 24, 2001:
- 49% Europa Oriental; 29 % África ; -22 % otros : el 70% son niñas.
- 2 millones de niños/as son traficados/as anualmente;
- 6000 niños/as entre 12 y 16 años son introducidos/as en la industria del sexo cada año en Europa Occidental;
-Entre el 10 y el 30 % de las personas prostituidas en Europa del Este son menores;
- el 80% de las albanesas víctimas de tráfico eran menores de 18 años, en estas nacionalidades destaca la mayor frecuencia de situaciones de rapto.
España es uno de los países de destino, sobre todo para las mujeres y niñas traficadas desde África (Ghana, Nigeria, Etiopía, Malí) y Europa Central y del Este (Rusia, Ucrania, Lituania, Moldavia, Rumania, Albania, Hungría) y América Latina (Brasil, Ecuador, República Dominicana). Las principales formas de reclutamiento son: 1. Engaño en origen: promesa de trabajo doméstico, hostelería, matrimonio; 2. Secuestro o violación + secuestro; 3. Endeudamiento para financiar el viaje.
«(...)El número y volumen de mujeres traficadas es imposible de evaluar, puesto que de conocerse un número, éste es sólo respecto a las mujeres que denuncian (normalmente escapadas de clubes, las de calle tienen menos posibilidades) y en relación con el número de redes desarticuladas. Lo cual nos remite a la falta de sistematización existente por parte de las instituciones en la recolección de datos, y a la falta de coordinación entre autoridades y ONGs. De acuerdo con los datos de la Dirección General de la Policía (MIR; 2001) en el año 2000 se logró desarticular 84 redes de tráfico, y en el año 2001, 119 redes. (...) Un ejemplo de la dificultad que supone llegar a las víctimas y del incremento de este fenómeno son las cifras de la propia OIM, quien en el año 2000 sólo puedo asistir a 703 víctimas de tráfico para que regresasen a sus países de origen y 1.340 en el 2001, pero que calcula para el 2002 una asistencia para al menos 2.200 víctimas. El por qué es tan difícil llegar a las víctimas se explica en parte, por las variables que acabamos de enumerar, pero también existen otros factores. Entre ellos: la coerción y la violencia a la que están sometidas las mujeres para que mantengan silencio, incluso una vez que son liberadas, a través de amenazas de muerte y daño físico a ellas mismas y a sus familias de origen: la vergüenza y el trauma psicológico como factores disuasorios para efectuar denuncias; el aislamiento al que son sometidas las víctimas y las barreras culturales y lingüísticas; las situaciones de irregularidad administrativa; la falta de información sobre derechos y recursos; y la escasez de programas e iniciativas institucionales destinadas a las víctimas.»[34]
Estas dificultades, hemos de resaltar una y otra vez, no se dan en un estado prohibicionista ni abolicionista, sino precisamente en un estado reglamentarista, que al legalizar la prostitución tan sólo tiene que adiestrar a las mujeres prostituidas para que respondan en nombre de su voluntad.
No tenemos ningún interés en exagerar la realidad, nos remitimos a las consecuencias de las medidas reglamentaristas:
España es objeto de recomendaciones internacionales :
Observaciones finales del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres (CEDAW/C/ESP/5)[35]
«336. A la vez que encomia al Estado Parte por las medidas jurídicas y de otra índole que ha adoptado contra la trata de mujeres y niñas, el Comité expresa su preocupación por el aumento de la incidencia de la trata de mujeres y niñas. Le preocupa la situación de las mujeres que son objeto de ese comercio, en particular las que invocan la condición de refugiadas por motivos de persecución basada en el género.
337. El Comité insta al Estado Parte a que redoble sus esfuerzos por entablar cooperación internacional con los países de origen y de tránsito, dentro y fuera de la Unión Europea, tanto por lidiar con las fuerzas económicas que hacen que las mujeres sean víctimas de la trata como para prevenir la trata de mujeres mediante el intercambio de información. El Comité también insta al Estado Parte a que adopte todas las medidas apropiadas para luchar contra la explotación de la prostitución de la mujer, INCLUSIVE desalentando la demanda de la prostitución. El Comité también insta al Estado Parte a que continúe reuniendo y analizando datos provenientes de la policía y fuentes internacionales, procesando y castigando a los traficantes y garantizando la protección de los derechos humanos de las mujeres y niñas

